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7 de mayo de 2008

Kilómetro cero

El otro día, durante una charla distendida, una buena amiga me preguntó el por qué de la creación de éste blog. Que a qué se debía que hubiera empezado a escribir en un rinconcito, dentro de ése instrumento público llamado internet, exponiendo mis opiniones, críticas, temores, malestares, alegrías, sinsabores, y todo lo que se os ocurra.

Estuve dándole vueltas al asunto, intentando recordar un por qué, puesto que mis anteriores aventuras en el mundo blogueril habían resultado un fracaso estrepitoso. Bien, el punto de partida es muy simple. Un blog, almenos a mi entender, es una especie de reflejo, cual espejo, de la persona que lo escribe. Y dice mucho más de esa persona de lo que, en un principio, pudiera parecer. En ocasiones, incluso, más que si se expresara cara a cara. En función de los temas de los que habla un blog, de cómo trata sobre ellos y de su manera de escribir, uno puede hacerse una idea de cómo es quien se esconde trás él. Cada vez que entro en mi blog y me releo una y otra vez los posts buscando algún posible error en ellos (ya sea de tono, temática, etc.), me doy cuenta de cómo soy, y de cómo estoy desnudándome ante aquellos que, sea por el motivo que sea, han decidido entrar a leerme. Tener blog te permite expresar por escrito tus gustos, aficiones, rencores, decepciones... aquello que no serías capaz de soltar mediante el habla. Y aquí es dónde empezó este cuento.



El nacimiento de esta aventura surgió de un malestar propio, de mi resignación al aceptar un cambio de actitud de alguien cercano. De ver como algo cambiaba sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo. No se trata, pues, de una decepción, puesto que cada uno es libre de actuar cómo, cuándo, dónde, y con quién quiera, sino que se trataría de una aceptación forzosa. Una aceptación que me llevó a cobijarme en mí mismo y necesitar de un espacio en el que poder escribir aquellos devaneos que me sacudían la cabeza. La interpretación que cada uno le déis a este párrafo es cosa vuestra. Yo escribo, vosotros interpretáis. Y es que hay cosas que a uno, aunque le jodan el alma, no le sale decir ni en papel ni en voz baja. Y todo por el miedo, el puto miedo. Pero no, lo que surgió en uno de esos momentos de cabeza baja, exceso de recuerdos en la mente, y Andrea Bocelli sonando en el Ipod, no tiene por qué acabar de un modo similar.

Abrir un blog no es un grito al infinito en el que el eco te devuelve tu voz, es la entrada en una comunidad, puesto que, lo mismo que tú escribes, también lees los rincones de otros. Y así se genera un círculo vicioso de dependencia, y es en este sentido que hablaba sobre que, una vez inmerso en este océano que es la comunidad de blogs, me será difícil quitarme el mono.

Así como éste tipo de posts suelo escribirlos después de ingerir alguna que otra cerveza, en esta ocasión le he de achacar la culpa al último cd de la preciosa Sarah Brightman, "Symphony". Más concretamente a los temas Sara Qui (con Alejandro Saffina), Canto della terra (con Andrea Bocelli), y Pasión (con Fernando Lima). Preciosos.

23 de abril de 2008

Puertas

Dichosos álbumes de fotos. Cuántos recuerdos en unas pocas imágenes. Cuántas horas pasadas reflejadas en una instantánea. Cuántas risas, besos, lloros, abrazos, decepciones, sueños, bromas o re-encuentros capaces de ser evocados mediante unas páginas de éste.

Nos pasamos la vida abriendo y entornando puertas; iniciando y cerrando etapas; conociendo y olvidando a la gente; entrando y saliendo de la vida de las personas. Dicen que cuando alguien que un día fue cercano sale de nuestras vidas, nos deja una parte de él y se lleva una parte de nosotros. Nunca se va o nos deja de vacío, lo que nos permite recordar a esa persona, ya sea para bien o para mal. Y cuando ese recuerdo es bueno y la persona llama de nuevo a nuestra puerta, la expresión se le cambia a uno, en una mezcla de melancolía, sorpresa, y alegría.

Lo mismo ocurre con esas personas que no conoces, pero que desearías conocer. Personas con las que intercambias algo parecido a un diálogo, los apuntes de clase, o algunas palabras a través de internet. Personas que son, en gran medida, anónimas, pero que ese poco que conoces de ellas te fascina y te provoca que quieras seguir conociéndolas.

Total, que después de escribir todo ésto no sé dónde quiero llegar exactamente. Quizás éste será otro post más en el que divago y divago después de unas cervezas, y no digo nada concreto. Pero no me importa, hoy ha sido un buen día. Un día pasado con gente que he citado en los párrafos anteriores y que merecería ser plasmado en ese álbum de fotos y recuerdos que ojeo de vez en cuando.



Y mientras escribo estas líneas y suena de fondo Sabina con aquello de "hay mujeres que tocan y curan, que besan y matan", pasan las 12 de la noche, así que ya es momento para decir a alguien que se pasa a menudo por aquí aquello de "¡Felicidades!". Espero, de verdad, que tengas un gran, gran día.

30 de marzo de 2008

Reflexiones en el bar

Un buen día te levantas y, sin saber por qué, dejas de hacer algo. No existe un motivo, simplemente pasa. Cambias una tarea, abandonas una rutina, o dejas de hablar con una persona. Sucede. Ves el teléfono encima de la mesa sin ninguna llamada, sin ningún mensaje, y no te importa. Y un día, estando con tus amigos charlando distendidamente, descubres que no echas en falta a esa persona. Que de la misma manera en que ella entró en tu vida, salió.



Me doy cuenta de que muchas personas se ponen más trabas de las necesarias y reales para hacer algo. Sea ver más a alguien, compartir algunas horas, decirle a aquella persona lo importante que es para tí, realizar una simple llamada telefónica, lanzar una piedra al mar, o algo tan sencillo y vanal como ver una película o tomar un café.
Hazlo. Para el otro resulta gratificante saber que alguien te extraña, pero es estúpido no hacer nada al respecto. Y lo mismo sucede al revés. El "dar sin recibir" no funciona en el mundo de las relaciones personales. Almenos no en el mío.

No suele importarme quién soy, no me mortifico pensando si conoceré a alguien o si ese alguien me besará u odiará, y mucho menos que si días que ya murieron, renacen. Me suelo conformar, a menudo, con vivir el momento, y aunque muchas veces me resulte difícil desprenderme de algo que ha sido importante, tarde o temprano acabo aceptándolo. Con el tiempo acabo siendo consciente de que con cerrar ese ciclo ya es suficiente, el resto ya pasará sin que me de cuenta. Sin necesidad de volver la vista atrás.

Posts como este son los que se escriben de madrugada, cuando uno le ha dado demasiadas vueltas a las cosas en el calor de un bar, con una cerveza en la mano y unas risas sobre la mesa. Mañana será otro día.



 
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