El otro día, durante una charla distendida, una buena amiga me preguntó el por qué de la creación de éste blog. Que a qué se debía que hubiera empezado a escribir en un rinconcito, dentro de ése instrumento público llamado internet, exponiendo mis opiniones, críticas, temores, malestares, alegrías, sinsabores, y todo lo que se os ocurra.
Estuve dándole vueltas al asunto, intentando recordar un por qué, puesto que mis anteriores aventuras en el mundo blogueril habían resultado un fracaso estrepitoso. Bien, el punto de partida es muy simple. Un blog, almenos a mi entender, es una especie de reflejo, cual espejo, de la persona que lo escribe. Y dice mucho más de esa persona de lo que, en un principio, pudiera parecer. En ocasiones, incluso, más que si se expresara cara a cara. En función de los temas de los que habla un blog, de cómo trata sobre ellos y de su manera de escribir, uno puede hacerse una idea de cómo es quien se esconde trás él. Cada vez que entro en mi blog y me releo una y otra vez los posts buscando algún posible error en ellos (ya sea de tono, temática, etc.), me doy cuenta de cómo soy, y de cómo estoy desnudándome ante aquellos que, sea por el motivo que sea, han decidido entrar a leerme. Tener blog te permite expresar por escrito tus gustos, aficiones, rencores, decepciones... aquello que no serías capaz de soltar mediante el habla. Y aquí es dónde empezó este cuento.
El nacimiento de esta aventura surgió de un malestar propio, de mi resignación al aceptar un cambio de actitud de alguien cercano. De ver como algo cambiaba sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo. No se trata, pues, de una decepción, puesto que cada uno es libre de actuar cómo, cuándo, dónde, y con quién quiera, sino que se trataría de una aceptación forzosa. Una aceptación que me llevó a cobijarme en mí mismo y necesitar de un espacio en el que poder escribir aquellos devaneos que me sacudían la cabeza. La interpretación que cada uno le déis a este párrafo es cosa vuestra. Yo escribo, vosotros interpretáis. Y es que hay cosas que a uno, aunque le jodan el alma, no le sale decir ni en papel ni en voz baja. Y todo por el miedo, el puto miedo. Pero no, lo que surgió en uno de esos momentos de cabeza baja, exceso de recuerdos en la mente, y Andrea Bocelli sonando en el Ipod, no tiene por qué acabar de un modo similar.
Abrir un blog no es un grito al infinito en el que el eco te devuelve tu voz, es la entrada en una comunidad, puesto que, lo mismo que tú escribes, también lees los rincones de otros. Y así se genera un círculo vicioso de dependencia, y es en este sentido que hablaba sobre que, una vez inmerso en este océano que es la comunidad de blogs, me será difícil quitarme el mono.
Así como éste tipo de posts suelo escribirlos después de ingerir alguna que otra cerveza, en esta ocasión le he de achacar la culpa al último cd de la preciosa Sarah Brightman, "Symphony". Más concretamente a los temas Sara Qui (con Alejandro Saffina), Canto della terra (con Andrea Bocelli), y Pasión (con Fernando Lima). Preciosos.



