Nada, que ayer volvía de la universidad después de un agotador día entre libros, apuntes, y trabajos por escribir, y en lo único que pensaba era en coger un asiento en el ferrocarril y entrar en un profundo y placentero sueño. Uno de esos sueños que se acaban cuando el que tienes al lado te arrea un codazo entre las costillas porque has llegado a final de parada, o porque roncas más que un gorrino bellotero. Pues bien, lo conseguí...aunque duró poco.
Al poco de dormirme apareció en escena un grupito de chicas, muy monas todas ellas, vestidas con uniforme de escuela. Sus zapatitos negros, su faldita a cuadros, su chaquetita con el emblema de la escuela bordado, su aparato dental... (sí, al final he acabado pensando que forma parte del atuendo, ya que todas lo llevan) En cierto modo el uso de uniformes favorece a que haya mayor integración del grupo, no permitiendo que nadie despunte por su extravagancia, pijismo o ñoñería, y, a la vez, evitando que surjan grupos en función de lo que tiene o no tiene uno. Consiguen poner a todo el mundo en una misma línea, sin que haya nadie que sobresalga por su aspecto exterior. Y oye, por qué no decirlo, también otorga un puntito de clase, aunque sea snob. Pero bueno, a lo que iba. Entró el grupo de chicas y, mi propósito de dormir, pasó de realidad a quimera, de algo presente a deseo inalcanzable.
Cuales lindos ruiseñores al entonar su dulce canto, empezaron a charlar entre ellas: "¡Chotiiiiiii! Llama al Manu, hijaputa", a lo que la otra, con mucha clase, respondió: "no me toques los cojones, vete a la mierda". Oh, sí. La charla prometía, así que decidí aparcar el sueño y enchufar la antena para no perderme ni una pequeña parte de su diálogo, y mereció la pena. "¡Piliiiiii, Peeeeepiiiiiiii!, ¿asin' qué hacemo' luegodespué?, ¿quedamos con la zorra de la Natalia?" (he de apuntar que la distancia que las separaba era de menos de un metro, por lo que los gritos estaban más que justificados; con dos cojones). "No tía, que le jodan, jaja". Llegados a este punto, no recuerdo con exactitud el diálogo que siguió, pero sí puedo afirmar con toda certeza que soltaron más mierda por la boca que la que es capaz de producir una granja de vacas.
A todo esto, cuando parecía que ya no tenían más que decirse, cuando creía que habían agotado el diccionario del insulto y la ordinariez, la tal Choti, una tipa con más lorzas que neuronas, tuvo su momentazo de gloria: "joder, me pica el coño... se me pegan las bragas". Y con la mano a través de la falda, grñec, las despegó. Ahí, delante de todo el mundo, sin avisar, sin darnos la posibilidad de comprar unas palomitas para disfrutar del grotesco evento.
Excesivo.
Pero bueno, volviendo al tema de los uniformes, y planteándomelo después de contaros lo que me sucedió, llego a la conclusión de que son inútiles, puesto que, por mucho traje que nos pongamos para aparentar nivel económico, por mucha pulserita de diseño que llevemos, o por muchas gafapastas que nos hagan sentir intelectuales y sofisticados, acabamos siendo lo mismo: una panda de tarugos y ceporros. Y ante ese uniforme no existe la posibilidad de desvestirse.
