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8 de junio de 2009

Mis dos niñas

Estoy más contento que un niño con un caramelo, y es que, desde hace diez días, mis semanas han dejado de ser algo menos solitarias dentro de mi piso. Ahora, junto con mis dos canarios (que se llaman Machu y Pichu), viven también dos pequeñas gatitas. Dos preciosas gatitas: Iona y Iris.

Desde su llegada, las mañanas son mucho menos silenciosas, pero los momentos de aburrimiento o hastío, menos numerosos. Aún están en esa época de "descubrir" todo lo que les rodea, así que las carreras por las diferentes habitaciones son contínuas. Sólo espero que crezcan, vivan muchos años, y destrocen cuantas menos cosas mejor. Pero sobretodo, que vivan sanas y felices.

Cada vez que entráis a mi blog y no lo comentáis, Dios mata a un gatito.

Y... ¡ah! Su llegada ha venido acompañana de un nacimiento, y es que los canarios que antes os he presentado pusieron su primer huevo... ¡y ya ha nacido! ¡Ya tenemos un pequeño Lisensiado! (los que veáis Aída sabréis el por qué de ese nombre para el pollito). Agradezco desde aquí a mi pareja, Meia, sin la cual todos estos inquilinos no formarían parte de mi vida. Muak.

¡Más madera!

2 de diciembre de 2008

Gorrones de poca monta

Como casi cada mañana iba a comprar el periódico cuando, de pronto, me topé con uno de esos "amigos" (sí, entre comillas) a los que ves cada tanto tiempo y charlas con ellos cada mucho más, y hoy fue un día en el que nuestras miradas se cruzaron y charlamos un rato. No demasiado, dicho sea de paso. No se puede pretender que en pocos minutos uno le cuente todo sobre su vida a alguien, así que hablamos de cine, música, y de blogs.

Resulta que el susodicho entró alguna que otra vez en este espacio, y que supo de lo mucho que me gusta comprar cd's y dvd's para luego pasar horas y horas degustando buena música y buen cine, así que me preguntó por si tenía "x" títulos en mi dvdteca. Tonto de mí, le dije que sí, y acto seguido me soltó un "¿me las dejas? es que querría verlas, y el emule va muy lento".

Jamás de los jamases dejo películas (con alguna excepción, claro está), quienes me conocen ya lo saben, y en esta ocasión no iba a ser diferente. Me pone furioso ver como muchos me miran como un bicho raro por comprar música y películas cuando, dicen, "en emule ya está todo", y me cabrea muchísimo más que me lo suelten en la cara. Son dos de mis hobbies, junto con la lectura, y como tales, al garantizarme horas y horas de diversión, entretenimiento, y muchas otras sensaciones que no soy capaz de describir, veo más que justo pagar por ello (ya sea adquiriendo dvd's o pagando la entrada de un cine). Otros no lo verán así, de acuerdo, pero es una opinión que soy incapaz de entender y/o respetar.

Total, que con mucha educación le he dicho que tiene dos opciones: o pillarse un buen asiento para esperar que se le descarguen las películas, o que acuda a algún videoclub. Como es normal, no se lo ha tomado nada bien, pero es que...



No es cuestión de egoísmo; es cuestión de no dejarse tomar por gilipollas. Y, por los pelos, esta entrada no ha ido a parar al apartado de "Me cago en...", pero poco le ha faltado. Será que estoy de buen humor.

Y sí, he vuelto.

PS: Syl, precioso el detalle, y preciosa tu noticia, GRACIAS.

24 de octubre de 2008

Pozo sin fondo

Hoy me estaba tomando un café en un conocido restaurante de mi pueblo cuando de pronto entró un hombre de voz ronca y aspecto descuidado. Se acercó a la barra y, de malas maneras, pidió cambio a una camarera para poder jugar un rato a la máquina tragaperras. Veinte euros en monedas. Y ya, con el dinero contante y sonante, se fue en dirección a la máquina, paquete de tabaco en mano y cigarrillo en la boca, y empezó a echar monedas. No es que sea una escena poco común, desgraciadamente, pero me hizo darle algunas vueltas al asunto (ayudado, por supuesto, al hecho de que los periódicos del día los tenían monopolizados una serie de cacatúas que comentaban a gritos las trifulcas de Gran Hermano).

"Tragaperras", un nombre muy aclarativo: algo que se traga el dinero, tu dinero. Pero pese a ello la gente sigue cayendo en sus fauces y echándole todo cuanto le llega a las manos. Unos, por el hecho de tentar a la suerte e intentar saborear algún que otro premio. Otros, porque tienen una enfermedad que les impide controlarse ante ciertas cosas. En este caso, ante el juego. La ludopatía.

Desconozco qué le pasaba por la cabeza al hombre, puesto que, una vez la máquina devoró los veinte euros, éste fue a la barra a por más monedas, y luego siguió a lo suyo. Absorto en el meter monedas por la ranura. Absorto en el juego. Absorto en su mundo. Quizás, y sólo quizás, el hombre pasaba por algún duro momento en su vida y, por no enfrentarse a él, pasaba el rato delante de la máquina. Quién sabe.



Al final, la sensación que se nos queda a todos es la de lástima, tanto por ellos como por sus familiares. Pero la máquina seguirá encendida mientras repercuta de manera económicamente positiva a sus dueños, ya sea gracias a un "aventurero", o a un enfermo. Eso les da igual.

Y con esa extraña sensación me acabé mi café y salí por la puerta, deseando en que alguien, por su bien, le desconectara la máquina y le obligara a irse a casa.

1 de octubre de 2008

... no nos va a faltar de nada

A las 5 de la mañana suena el despertador. Mierda. Ayer me acostaba a la 1 de la madrugada haciendo un par de tareas, y antes de ser consciente de que estaba durmiendo, ya me he tenido que volver a poner en pie. Me toca ir a clase a Barcelona durante la mañana, y luego volver por la tarde hacia Girona para realizar mi jornada laboral de 7 horas. Algo bastante estresante, pero, a la par, necesario. Por si no fuera poco, trabajo los fines de semana y algunos festivos, y las facturas se me acumulan en el buzón. De ser ahora otro año u otro mes, lo calificaría todo como una mierda y lo mandaría al carajo. Pero ahora no, ahora es diferente.

Y es que, después de 24 años en los que he hecho y ha habido de todo, creo haber encontrado a la persona con la que quiero iniciar una vida conjunta y compartir risas, ilusiones, sueños, caricias... todo. Compartir los días con esa persona que me dibuja una permanente sonrisa en el rostro, y con quien los momentos que paso junto a ella se hacen inolvidables. Y es que, pese a llevar juntos únicamente dos meses (aunque intensísimos), tengo la sensación de conocerla de toda la vida. Las charlas junto a ella me divierten e interesan. Sus silencios no me incomodan, son cómplices. Sus risas me dan ánimos, y sus preocupaciones, temores, o enfados se hacen míos también. Anhelo estar más tiempo con ella y compartir las muchísimas cosas que tenemos en común, y, sobretodo, aquellas que nos hacen diferentes.

Es por eso que estos no son días de mierda, sino días en los que empezar a preparar lo que, espero, sea una vida conjunta.

Y es que ya sabes que te quiero, y que no me cansaré de susurrártelo al oído. Hoy esta entrada es para .

2 de septiembre de 2008

Generalizaciones, prejuicios, y la madre que los parió

Ahora que trabajo y que, como corresponde, cobro por las horas realizadas, me puedo permitir uno de los lujos que últimamente sólo están destinados a la gente de clase alta: llenar el depósito de gasolina. Así que no me preocupa realizar más o menos kilómetros con el coche, ya que la tarjeta de crédito aún no corre peligro de quedarse anoréxica.

Total, que hoy he ido a la gasolinera habitual y mientras hacía cola para pagar, he escuchado una conversación entre uno de los dependientes y un cliente:

Dependiente: ¿Sabes que el otro día un negro se fue sin pagar la gasolina?
Cliente: No me extraña... esta gente viene aquí para robar o para hacer el vago.
Dependiente: Pues sí. Para eso que se queden en su país.
Cliente: A la cárcel los metía yo a todos.
Dependiente: Es que no es cuestión de ser racista o no, pero es que son mala gente.

Charla de nivel, of course. Y es que una de las cosas que me repatean el hígado son las generalizaciones. Y no hablemos ya de si les da por criminalizar a los susodichos con los que generalizan. Si a un chico de 18 años le da por poner la música a toda pastilla molestando a los vecinos, es que los jóvenes son unos maleducados e incivilizados. Si una persona de étnia gitana vive en una chavola y malvive robando, es que los gitanos son unos inadaptados, unos criminales, y unos vagos. Si una chica está con dos relaciones diferentes en un corto período de tiempo, es que las chicas de hoy en día son todas unas putas. Si un africano agrede a otra persona, es que los negros son abominables, y habría que colgarlos a todos del cuello en un árbol en pleno África para que los leones les royeran los huevos. Si un chaval hace botellón en un parque, es que los jóvenes son unos borrachos. Si a un chico le gustan las películas dramáticas y que éstas le hagan llorar, es que es marica. Si un hombre musulmán vende droga en un portal a los chiquillos que pasan por delante, es que los moros deberían ser echados del país. Si un albanés asalta un chalet, es que todos tienen por hobbie colarse en casas ajenas y desvalijarlas. Si un japonés sufre alucinaciones debido a un exceso de horas frente a los videojuegos, es que éstos son perjudiciales y dañinos. Si a un punk le da por pegarle un sopapo a un tío, éstos son unos violentos, y la música punk, el opio con el que hay que acabar. Si en Estados Unidos hay muchas muertes al año por armas de fuego, la culpa la tiene el cine de acción, por lo que habrá que seguir rodando peliculones del tipo Una rubia muy legal 2 y similares. Y así un largo, larguísimo etcétera.



Ésta mañana me he levantado con un dolor de barriga tremendo, y después de escuchar su charla me han dado ganas de desatarme el cinturón, bajarme los pantalones, y plantarles un bonito y generoso zurullo encima del mostrador a modo de propina, para que vean que no deben caer en las generalizaciones. Que yo, como catalán, de tacaño tengo muy poco.

Gilipollas.

21 de agosto de 2008

Colección Verano 2008

Una de las cosas que me encanta del verano es poder pasear por las playas y paseos de zonas costeras, disfrutando del clima y del ambiente, en actitud de voyeur con todo aquello que me rodea. Y es que nuestro clima, el sol, y las playas, atraen a la masa turista, igual que la mierda lo hace con las moscas, con lo cual nuestro litoral se llena de gentes venidas de todos lados, creando una comunidad cosmopolita a orillas del mar. Sí, está claro... turismo cultural se le llama (por los cojones).

Viéndolos uno se da cuenta de la grandeza que ha supuesto la globalización. Que haya personas tan distintas, de lugares tan remotos y lejanos, y que, una vez aquí, sea casi imposible distinguirlos. Es como si nuestro país los alelara y empujara a actuar del mismo modo, a ser autómatas incapaces de hacer nada "diferente". Y es que el que viene a España/Catalunya (por el caso concreto del que hablo) y no se deja estafar con los precios demenciales del chiringuito, no se atiborra a base de paellas asesinas, emborracha con sangrías de destrucción masiva, o no compra un toro o una bailaora' sevillana, es como si no hubiera disfrutado plenamente de las posibilidades que le ofrece el país. Y esto no me lo invento yo, puesto que las encuestas que realiza la Consejería de Turismo así lo confirman.

Claro que, además de esos intereses culturales (desde que alguien dijo que comer también era cultura, los chiringuitos costeros se están llenando los bolsillos... y los turistas la panza a base de arroz rancio y cerveza aguachirrá), nuestros turistas, después de 2 días de sol y fiesta nocturna, acaban pareciéndose los unos a los otros.

Para empezar, la mayoría de ellos tiene un tono de piel bastante moreno debido al sol. Pero no un tono moreno-mulato, sino negro-congoleño. Parece que vengan con la idea de que la crema solar es un invento del Corte Inglés para sacarse cuatro perras, y que pasen de ella igual que si fuera un timo, con lo cual se explicaría ese ennegrecimiento de algunas mujeres. Por el lado masculino, el efecto ennegrecedor no predomina demasiado, pero sí el tono rojo-gamba, dejando constancia de qué prenda se ha vestido, visualizándose en sus esbeltos cuerpos (curtidos a base de tapitas y cervezas a mansalva) zonas blanquecinas en las que no ha dado el sol. Como diría el Gañán: "se produce el efecto fresa-nata, que queda muy sexy".

En lo que respecta al atuendo, en hombres está más que consolidado el uso de sandalias con calcetines blancos. Está probado: un paseo de 2 horas convierte los posibles hongos de pies en musgo, ideal para cuando toque montar el pesebre. También es bueno saber vestir bien, y colocarse el bañador o en la zona del sobaco, o justo en la cintura ,pero muy apretado, que provoque que las lorzas cuelguen por los lados, y que parezca que tenem0s un par de asas para el agarre). Pero aunque pueda parecer que los hombres nos hemos vuelto coquetos y presumidos, son ellas quienes se muestran más despampanantes.

Y es que la performance perfecta para disfrutar de un día de playa es ir con toda la pedrería que tengamos por casa, ya sean anillos, brazaletes, pulseras... (si es necesario, nos colgamos la lámpara de araña en la oreja a modo de pendiente), y un sutil y delicado maquillaje de brocha gorda, que cuando nos metamos en el agua generemos una marea multicolor que rivalice con las manchas del carburante de las barcazas. También es aconsejable usar un bikini de poca tela. Ya se sabe, cuantos más kilos, cartucheras, y celulitis haya, más diminuto ha de ser. También uno debe sugerir el uso de tacones para ir a la playa, lo cual, no me preguntéis el por qué, está bastante extendido por Palamós (debe de ser para evitar ser arrastrado por el fuerte viento u oleaje, en el caso de que haya mal clima).

No son cosas extraordinarias ni difíciles de ver, sino que están más que arraigadas entre la masa turística. Así que, si no tenéis nada mejor que hacer, id a la costa a deleitaros la vista y a tomar nota de caras a lo que queda de verano. Que no todo ha de ser Zara, H&M y demás tienduchas... que con un par de eurillos, mucha poca-vergüenza, y una boutique de playa (como las llaman algunos), podemos ir a la última en lo que a diseños veraniegos de importación se refiere.

11 de agosto de 2008

Lo primero es lo primero

Estoy hecho polvo. Esta noche pasada no he pegado ojo y hoy he llevado a cabo una dura jornada laboral de 12 horas. No me siento las piernas, y eso que estamos a lunes. Ha habido problemas a doquier, gritos, quejas, carreras, una pequeña inundación, y alguna cosilla más que ahora no recuerdo. Pero de entre toda esa maratoniana y caótica jornada en el tajo, no todo ha sido malo, y es que la comida corría a cuenta de la empresa. Y oye, no tenía ni pizca de hambre, pero si una cosa he aprendido en esta vida es que aquello que te den como "gratis", acéptalo aunque luego sea una mierda. Así que me he guardado en la mochila mis suculentos bocadillos de chopped (a un servidor el sueldo no le llega para nada de más calidad) y me he aventurado a disfrutar de un restaurante de forma gratis. Pero... ¿esto realmente importa para lo que voy a explicar? Pues, la verdad, no demasiado. Únicamente es para fijar un contexto.

Sentados en el restaurante, y mirando fíjamente el folio del menú, adornado con bonitas imágenes prediseñadas de windows, he avistado a una pareja que comía a destajo en una mesa situada al fondo del comedor. Viéndolo a él daba la sensación que se fuera a acabar el mundo. Aún no había acabado de masticar el trozo de ternera, y ya estaba empujándose uno nuevo con un trozo de pan, mientras la salsa le chorreaba mentón abajo. Los cubiertos estaban de más. En eso que su pareja (o lo que fuera la mujer que se sentaba a su lado) se le acercó para besarle en la mejilla, y él, en la línea de lo que esperaba, dejó ir un "mientras como, no me molestes". El hombre siguió a lo suyo, impasible, totalmente absorto de la reacción de decepción de la mujer. Así que de pronto recordé esas tardes con mi abuelo, sentado en el banco de un parque, viendo a las palomas colonizar el parque en el que me divertía de crío.

Y es que me hacía muchísima gracia ver como andaban, con ese movimiento hipnotizante de cabeza. Me gustaba llevarme migas de pan seco en una bolsa para alimentarlas y que se juntaran alrededor mío. Y siempre encontraba a algún Don Palomo, con el cuello hinchado, sacando pecho, con aspecto muy varonil y atrevido, persiguiendo algún fornido culo o las robustas pechugas de una grácil paloma. Pero oye, era tirarle una miga de pan, y el calentón del ave pasaba a un segunto término, y éste se centraba en el papeo.

Parece que, tanto en animales como en las personas, lo importante es llenar la barriga. Para lo otro, por lo visto... siempre quedará el recurso del porno, el cual según las estadísticas es consumido por un 85% de la población. Poco me parece.



6 de agosto de 2008

Exceso de azúcar

Hoy no había luna llena, y tampoco se ha anunciado una alineación de planetas que afectara a Cáncer, mi signo zodiacal. Tampoco recuerdo haberme dado de cabezas contra el pavimento, o tomarme alguna sustancia que me dejara en estado catatónico (sin contar el ron, claro está). Si enciendo el televisor, no me encuentro con ningún Galimatías proclamando que corren tiempos raros y que actuaremos de manera poco común. En definitiva, que no hay ningún indicio claro que me explique el por qué de mi comportamiento actual.

Como casi cada día, me he puesto el despertador a las 5:10 de la mañana para poder acudir al trabajo, pero con la pequeña diferencia de que hoy le he arreado un guantazo, lo he metido en el cajón, y he seguido durmiendo, provocando que, al volverme a despertar, me diera cuenta de que tenía únicamente tres minutejos para asearme y salir cagando leches. Pero no me he puesto nervioso, he sonreído al constatar que soy un desastre para madrugar, y he salido en dirección al curro, sin mucha prisa, pero tampoco sin tiempo que perder. De camino con el coche me he encontrado al típico "pisamierda" que decimos en Girona, un conductor que, además de ocupar tanto el carril derecho como el izquierdo, no supera los 40km/h de velocidad. En vez de soltarle un educado y cordial "hijoputa acelera, ¡que llego tarde!", le he hecho luces y lo he adelantado sin ningún tipo de complicación.



Una vez en el curro, me ha "explosionado" una pistola con pegamento, impregnándome entero de tal sustancia, y no he tenido más remedio que afeitarme los brazos en un paso más hacia la metrosexualidad, evitando así tener que arrancarla a pellizcos. A los pocos minutos, el encargado se ha puesto a chillarme (aún espero que me diga el por qué) y yo, en lugar de pedir perdón automáticamente o mandarlo a tomar por culo, le he sonreído. provocando que gritara aún más (y como digo, sin tener ni idea del motivo).

Una vez en casa, y presa del agotamiento, he intentado pegar una cabezadita, pero a los pocos minutos ha sonado el teléfono y, sin mirar siquiera quien llamaba, he decidido apartar el sueño y contestar. Me ofrecían una tarifa telefónica supermegachachi, la cual me importaba tres cojones, pero que he dejado que la chica me intentara vender con su labia. Una labia, por cierto, bastante penosa... otro día que me mande el folleto y acabamos antes, porque leyendo literal de un papel no va a lograr convencerme. Después, como si todo el mundo se hubiera puesto de acuerdo, llamaron a la puerta, encontrándome a los de Testigos de Jehová enfrente, con amenazante sonrisa. Estuve charlando con la chica sobre una revista que me dejaron para informarme, pero sin llegar a ningún punto en común. Nada que hacer. Pero ella me agradeció el tiempo y la atención y “amenazó” con volver a pasarse con un nuevo número.

Ya despejado del todo, he decidido encender el televisor y ver cualquier cosa mínimamente decente (algo muy complicado en fechas veraniegas), y me he quedado enganchado a una de esas películas ñoñas y pastelosas, en las que todo es maravilloso, los sentimientos muy profundos, y en dónde lo peor que sucede es que se le acaben los tampones a la protagonista. Vamos, uno de esos films empalagosos como un sorbete de mazapán.

En otras circunstancias, hoy hubiera sido uno de esos días en que hubiera mentado a la madre de mucha gente, y que me hubiera dejado un cabreo encima hasta el momento en que me fuera a acostar. Sin embargo, no ha sido así.

Debe ser que Cupido ha hecho puntería. Y que a mí me ha clavado una de sus flechas.

4 de julio de 2008

Aspirador: 4500 puntos

Me encanta el verano. Me encanta disfrutar del sol descargando sacos de un camión. Me encanta ver amanecer empapado en sudor. Adoro que suene el despertador y aún no hayan apagado la iluminación de las farolas. Me chifla comprarme un helado en una máquina y que me salga completamente deshecho. Pero sobretodo, en verano me encanta perder una tarde entera en un centro comercial.

Y es que ayer, a la salida del trabajo, fuí por casa, me pegué una ducha de agua fría, y me largué a quemar la banda electrónica de la tarjeta de crédito. Pero por lo que parece, todo el mundo pensó lo mismo. Tiendas a reventar, el género todo cambiado de sitio o apilado en cualquier lado, críos chillando y correteando por los pasillos, niñas de 14 años con ínfulas de protagonistas de Sexo en Nueva York, etc. Un auténtico agobio... pero me gusta.

Cuando trabajaba cara al público, en cuanto se nos echaba encima el verano mi pensamiento siempre era el mismo: "ahora esto se llenará de hijoputas que vienen a disfrutar del aire acondicionado y a dejar que los críos destrocen la tienda en vez de sus casas". Y ayer, pese a no tener el mismo trabajo, opiné del mismo modo. Ver a algunos padre dentro de una tienda, con las gafas de sol puestas y la mente en otra dimensión, y sus hijos manchándolo todo con un helado deshecho, hace que me plantee seriamente el voto a favor de la castración de ciertos individuos. Otro clásico es el individuo que todo lo toca y todo lo deja mal colocado. Seguro que su casa está perfecta, pero el ir por ahí desordenándolo todo le debe aumentar la líbido. También está la que la hueles a 3 kilómetros de distancia porque se ha ido echando un chorro de todas las colonias de muestra. Luego dicen de las mofetas. Y ya no hablemos de cuando ves a un hombre huír despavorido de su mujer, la cual le persigue con medio Zara para llevárselo captivo al guardarropa.

Cómo trabajador esas cosas me sacaban de mis casillas, pero como consumidor, se han acabado convirtiendo en algo necesario. Por una parte es odioso, pero por otra consigue que se dibuje en mi rostro una sonrisa maquiavélica y, a la vez, melancólica y feliz, recordando los tiempos en que todo eso me inflaba enormemente la entrepierna (metafóricamente hablando, está claro). Así que, rodeado de gritos, correteos y empujones, realicé algunas compras ociosas para empezar con alegría el verano.



Que sí, que no hay que caer en el consumismo atroz, que estamos en una sociedad capitalista, y todo ese rollo... bla bla y bla. Pero siempre he opinado que cada cual que haga con su dinero lo que crea oportuno, siempre y cuando no haga con ello daño a nadie. No trabajo de 10 a 12 horas diarias por gusto, por amor al espíritu trabajador o por realización personal. Y jornadas como la que me pegué ayer, y que me pegaré mañana comprando libros, son las hacen que siga doblando el lomo, día tras día, bajo el caluroso y asfixiante sol de verano. El dinero no da la felicidad, pero, tal y como escribió Woody Allen en una de sus películas, "procura una sensación tan parecida, que necesita un especialista muy avanzado para verificar la diferencia".

Con lo que gasté ayer, cada vez me faltan menos puntos Estrella para conseguir el preciado aspirador. Pelusas y restos de suciedad que corréis por el suelo: Temed. Vuestro final está cerca, muy cerca. Pero mientras no llega ese día, me seguiré desgañitando con el SingStar.

29 de junio de 2008

Después del 1 va el 2, luego el 3...

Siempre he oído decir que los niños, cuando son pequeños, son unos trastos. Se caen y hacen daño, dejan las cosas tiradas por cualquier sitio, pierden los juguetes, los rompen... Pero jamás he escuchado que mis padres ni nadie dijeran eso de mí, excepto en lo de caerme y hacerme daño (ostento el dudoso "honor" de haberme pelado las rodillas nueve veces en un año).

Desde crío he sido un chaval muy cuidadoso con mis cosas. Prácticamente nunca he roto un juguete, y tampoco los dejaba tirados por cualquier sitio. Siempre he procurado tenerlo todo bien ordenadito en cajas, para que cuando me hiciera falta supiera dónde irlo a buscar. Años más tarde, hasta llegar al día de hoy, continúo con esa misma tónica.

No me considero amante de la limpieza, pero no soporto la suciedad. Y mucho menos el desorden. Cuando cocino me gusta ir limpiando todo cuanto mancho, y que todos los utensilios vayan dipositándose o en el lavaplatos o en el fregadero. La cocina debe quedar totalmente limpia antes de empezar a comer. La mesa, a su vez, debe contener todo aquello que podremos necesitar durante la comida, evitando que nos tengamos que levantar una y otra vez porque nos hemos dejado cosas. Mi familia y amigos pueden dar buena cuenta de mi comportamiento en la cocina.

Fuera de ésta, me gusta que todo esté en su sitio. En el armario, la ropa ordenada por temporada. Los jerseis con los jerseis, las camisetas con las camisetas, las camisas con las camisas. Mi basta colección de dvd's está ordenada por género del film, y dentro de éste por órden alfabético, u ordenada por director y año de producción. Lo mismo ocurre con mi colección de cd's y libros, ordenada del mismo modo. Lo que me descargo de internet está todo grabado en cd's y dvd's, separado en bovinas préviamente etiquetadas para saber qué contienen. Mis apuntes de Universidad están clasificados por materias y correctamente numerados y ordenados en archivadores. Y podría seguir, pero creo que ha quedado claro que soy muy meticuloso en lo que al orden se refiere.

¿Y por qué cuento esto? Pues porque este fin de semana me he traído unas cuantas cosas del piso de Barcelona, y, por falta de tiempo, no he tenido más remedio que dejarlo todo amontonado encima del escritorio. Hace un rato me he acercado a ver y me he puesto nervioso. Necesito colocarlo todo en su sitio, dejar el escritorio impoluto, tal y como estaba antes de la avalancha de trastos.



Me pregunto hasta qué punto es normal que sea tan ordenado, pulcro y meticuloso en cosas "del hogar". Saber cuando uno traspasa esa barrera que separa la decencia de la enfermedad o adicción. Pero suelen decirme que, aunque sólo sea por eso, soy un buen partido. Y diciéndomelo me hacen feliz durante unos segundos... aunque luego me tope con la realidad de que sólo son simples palabras. Bah.

16 de junio de 2008

Compadre, cómprame un coco

Hoy he empezado el día leyendo en una web que una cajera francesa se está haciendo famosa por relatar en su blog las situaciones curiosas que suceden en el supermercado en el que trabaja. Empezando en las peleas, pasando por los robos, las quejas, las consultas estúpidas de los consumidores... en fin, relatando todo lo que puede suceder dentro de un supermercado durante las 12 horas que éste se mantiene abierto al público. Algo parecido a un Gran Hermano pero sustituyendo la casa de Guadalix por un Carrefour roñoso, y con algo menos de presupuesto para el espectáculo. Pero es que 12 horas dan para mucho.

Todo el que ha trabajado de cara al público sabe qué significa eso. Sabe qué es el tener que lidiar con un cliente que no escucha y no atiende a razones, y que ha venido a cambiar, sí o sí, un equipo de música porque el mando de la minicadena le viene sin una de las pilas. Puede entender por lo que pasa uno cuando ha de explicar a algún tarugo que, el hecho de que en un DVD de Indiana Jones haya pegada una etiqueta que ponga "Pilas Duracell 2€" se debe a que alguien ha cambiado la etiqueta, y que no se le va a cobrar la película a esos 2€, por más gritos que pegue o por mucho que se acuerde de tu madre. Alguien que haya trabajado cara al público será consciente de que, a alguien que te pregunta si puede comprar únicamente el libreto que viene con el disco de la Soraya para poder verle las piernas, sólo se le puede responder enseñándole la sección de dvd's eróticos y pseudo-pornográficos. Quien haya trabajado de cara al público supongo me comprenderá. Y quién no, que lo intente, puesto que los casos anteriormente citados son ciertos.



No hay que caer en el engaño de que siempre somos los clientes quienes podemos optar al calificativo de "imbéciles". También puede haber dependientes imbéciles, o cajeras imbéciles (por eso de la paridad, para que luego no se diga). Aunque vaya, explicar esto daría para otro post, y no viene al caso.

Durante algo más de 2 años trabajé en el departamento de Cine y Música de un gran hipermercado (el cual no diré, pero quienes me conocéis ya sabéis cual es), y allí, durante mis largas jornadas de trabajo, conocí a personas de lo más variopintas, escuché preguntas con imposibles respuestas, y viví situaciones totalmente esperpénticas. Eso sí, no sería justo omitir que conocí a gente fantástica (tanto compañeros de trabajo como a clientes), y que echo muchísimo de menos el tiempo y los momentos allí vividos.

Como mi memoria no es aquello de lo que me siento más orgulloso, decidí apuntar aquellos comentarios más destacables para que no cayeran en el olvido y, en días como hoy, poder rememorarlos y echar unas risas. Así que os dejo algunos para que vayáis abriendo boca (Nota: todos son verídicos, escritos pocos segundos después de su escucha, por lo que poco pueden diferir de la realidad):

- “Quiero la película esa de la rata que está en una cocina y está hecha de dibujos y no son dibujos y mi crío se ríe pero no sé como se llama ni sé de qué va pero se la compré a un chino y hablan en español peruano de ese raro” (una madre en busca de Ratatouille después de sentirse decepcionada con su copia comprada en el Top Manta con el doblaje en español neutro)

- “Oye, la de los vaqueros bujarras... ¿os quedan?” (Brokeback Mountain)

- “¿Teneis el pack de la Supernanny? Sí, esa que enseña a los perros a comportarse” (menudo concepto tiene de los niños...)

- “Busco pelis infantiles gays, como El rey león o El libro de la Selva

- "¿Está en DVD la serie esa de los maricones?" Respuesta: "¿Los Hombres de Paco?" (la cara del hombre era todo un poema...)

- “En el Dos pájaros de un tiro de Serrat y Sabina, ¿Sabina canta bien o está ronco?

-
Tenéis Priti Jolma?” (Pretty Woman)

- "¿Me vendes el emule? Almenos compraré eso, ya que me bajaré la tienda entera..." (es sincero el amigo)

Ahora seguiría un "laaaargo y laaaargo etcétera". Como yo lo llamo, esto es "carnaza de cena y cerveza": el típico tema que saca uno cuando está en tono distendido con los amigos y hay alcohol y risas de por medio. Y es que las personas tenemos tendencia a reirnos de lo ajeno, a suponer que aquello de lo cual nos mofamos no será jamás motivo de burla hacia nosotros. A creer que jamás cometeremos los mismos actos o errores de los que nos hemos estado riendo.

A mí nadie me puede asegurar de que, en este preciso instante, una pareja comente con sus amigos que les atendió un chaval con cara de alelao e ínfulas de superioridad, el cual les estuvo contando tonterías antes de que se marcharan a la competencia. Todos somos mortales, podemos cometer errores... y eso hay que tenerlo presente en todo momento, estés delante o detrás del mostrador. Yo lo tuve claro, y espero que la francesa que ha dado pie a que escribiera esta entrada también. De lo contrario que se vaya despidiendo de su empleo, puesto que, de buen seguro, no tardará en perder las formas ante la más mínima provocación de un cliente cuando le devuelva mal el cambio de la compra.

11 de junio de 2008

Peces de ciudad

El despertador lleva sonando intermitentemente desde las 6:30 de la mañana, y el cansancio hace acto de presencia, llevándote a ignorarlo hasta una hora más tarde. Son las 7:30, ya no hay más prórrogas a las que acogerse; toca levantarse y afrontar un nuevo día. Otro día más. Otro largo, tedioso e interminable puto día más. En quince minutos de reloj me visto, me aseo, e intento dejar mi habitación lo más correcta posible. El tiempo avanza inexorable, y no hay segundos que malgastar si es que no quiero llegar tarde a mi destino. Así que cruzo un escueto "buenos días-hasta luego" con mis compañeras de piso (si es que a esas horas hay alguna que esté despierta) antes de salir por la puerta. No soy hombre de muchas palabras por las mañanas. No lo soy, almenos, hasta que un par de tazas de café entran en mi organismo.

Tampoco tengo tiempo de discernir si los 20 minutos de paseo que tengo hasta la estación de ferrocarril son reales o si aún estoy soñando. Prefiero no saberlo, tengo el piso demasiado cerca y podría regresar para seguir mi charla con la amohada. Gracias a ese magnífico invento llamado Ipod el camino se hace corto, y casi sin darme cuenta ya he recorrido el trayecto que me deja enfrente de la estación, billete en mano, y a punto de subir al transporte público. Es en ese momento cuando despierto y tomo conciencia de que, lamentablemente, dejé atrás la comodidad de mi cama. A lo lejos veo llegar el ferrocarril, así que cojo aire, escondo barriga, y me preparo a entrar a base de empujones, soportar el estacazo de unos cuantos codazos en mis costillas, y a no respirar durante unas cuantas paradas hasta que el vagón esté algo más vacío. Encontrar asiento es algo que ni se me pasa por la cabeza, jamás he creído en los milagros.

Una vez dentro y con el ferrocarril en funcionamiento, empieza la representación. La viejecita que se ha levantado dos horas antes para acicalarse de caras a su larga jornada de compras en el mercado, y sufre un carpetazo que le destroza la permanente después de que un hombre perdiera el equilibrio tras un bache. El chico que, sin apenas lugar en dónde poner los pies sin pisar a alguien, decide leer el periódico y, al primer frenazo, se lo estampa en toda la cara a una mujer con muy malas pulgas. El banquero recién duchado, trajeado y perfumado que se dirige a su lugar de trabajo y que, en solo cinco minutos, consigue que se desvanezca ese buen olor para adueñarse de un tufo con sobrecarga a sobaco y cosmopolitanismo de fragancias. El hombre que se agarra con la mano al techo del vagón para no perder el equilibrio, y que, durante su trayecto, da a probar su aroma de axilas a unas asustadas estudiantes. La mujer que no te quita los ojos de encima porque le acabas de rozar el culo con la mano, y, lo que es peor, que no consigues despegársela debido a que no hay espacio para hacerlo. El alitoso que no conoce lo que es un cepillo de dientes, que va con los auriculares puestos a todo volumen, y que te deleita, mañana tras mañana, con unas interpretaciones dignas de una actuación de karaoke a las 6 de la mañana salido de una monumental cogorza. Con todo esto no es de estrañar que medio viaje se haga con los cristales empañados.



Pese a lo que pueda parecer, no me quejo. Me encanta el transporte público, te permite conocer un poco más el gran abanico de culturas y de clases que hay presentes en tu ciudad. Desde los que tienen un nivel de renta medio-alto, a los de menos recursos, que usan el transporte para tocar algo de música y ganarse cuatro perras con las que costearse sus gastos. Desde los que usan los minutos de trayecto para sumergirse en las páginas de un libro, pasando por la mujer que se pinta los labios con mucha precaución por si hay un bache y se mete la barra de labios en el ojo, acabando en la cerda que se afeita en seco las piernas, dejando todos los pelos en el suelo (verídico).

Y es que, pese a ello, con el paso del tiempo uno se acaba sintiendo cómodo, como aquel que hace de lo ajeno algo propio. Con la única diferencia de que no sabes con qué sorpresa te vas a encontrar. Si con un trozo de bocadillo de aspecto poco apetecible entre dos asientos; si con una pintada en una de las paredes con la inquietante inscripción de "busco sexo o llamada para pajas"; si con una avería que te dejará tirado en el interior de un vagón durante una hora sin que te den explicación alguna; si con el breve discurso de un chico pidiéndote apoyo para un determinado tema, el cual ni entiendes ni quieres entender; si con la mirada perdida de una chica que lo único que está buscando es algo de conversación liviana; o si con el músico que se ganará alguna moneda interpretando el "Sólo le pido a Dios" de Mercedes Sosa.

Hace varios años me saqué el carné de conducir, y, pese a que es comodísimo disponer de coche propio y de la autonomía e independencia que éste te garantiza, seguiré abonado al transporte público durante algo más de tiempo. Seguiré indagando algo más sobre la gente de esta ciudad, entrando en sus vidas cuando el tren abra puertas, y saliendo de ellas cada vez que lleguen a su destino.

9 de junio de 2008

7 cosas sobre mi infancia

Ha pasado bastante tiempo, ¿verdad? Siempre pensé en que, por unos u otros motivos, abandonaría un tiempo el blog, pero no pensé que fuera durante tantos y tantos días. Llevo una época con bastante estrés y con más quebraderos de cabeza de los que estoy acostumbrado a lidiar, y es eso lo que me ha mantenido desaparecido. Supongo que a todos nos pasa.

No se me ocurría ningún tema ocurrente con el que volver a escribir en el blog, así que he recurrido a una de esas famosas cadenas que circulan por el cibermundo. Hoy contaré 7 cosillas sobre mi infancia, las cuales os contarán un poquito más qué tipo de personajillo soy:

1.- Cuando tenía entre 3 y 4 años, durante una excursión por el bosque con mi abuelo, llené un cubo con montones de insectos que encontraba bajo las piedras. Luego, una vez llegamos de vuelta a casa, me acerqué a la ventana de la vecina (mis abuelos vivían en un bajo) y lo vacié, dejándole el comedor infestado de bicharracos. Espero que jamás se entere de quién fue que le causó esos gritos histéricos ante tal ejército de seres vivos.

2.- Siempre he sido de los que prefiere trasnochar a madrugar, y de pequeño lo prefería también. No quería acostarme, y me encantaba ver la programación nocturna que mis padres, erre que erre, me prohibían noche tras noche. La solución la encontró mi padre, y fue la de alquilar películas de terror y/o gores. "¿Te quieres quedar despierto? ¿Sí? Pues prepárate...". Intentaba ser precavido, y me llevaba una manta con la que taparme la cara para no ver las escenas más asustadizas, pero la curiosidad podía conmigo. Resultado: hasta los 10 años fuí un crío muy miedoso, de esos incapaces de ir por sitios oscuros, de dormir de un tirón, de no despertarme con el corazón a cien y entre sudores, o de evitar pasar la noche tapado hasta la cabeza para no ver nada ni a nadie a mi alrededor. Y en la misma línea va el 3r punto.

3.- No sé si alguno habréis visto Poltergeist, una escena en la que un payaso de juguete cobra vida y arrastra a un niño bajo la cama, intentando matarlo. Pues bien, yo tenía un payaso prácticamente idéntico a los pies de mi cama, pero yo desconocía esa faceta suya. Una noche, poco después de ver susodicha escena, me desperté sobresaltado y lo vi, entre la oscuridad, mirándome fijamente. El miedo me podía, así que me tapé la cabeza con la almohada e intenté no volverlo a mirar con la esperanza de que así no me atacara. Conseguí dormirme, pero me desperté al poco, y al echarle un vistazo vi que no estaba a los pies de mi cama. Se había ido. Entonces, asustado y a oscuras, me levanté para encontrarlo... y allí estaba, con la cabeza asomando de debajo de la cama, y mirándome fijamente a los ojos. Iba a matarme igual que en la película. Recuerdo que me puse a chillar, grité como nunca había gritado, y mis padres vinieron corriendo a ver qué me pasaba. Mi madre siempre me dijo que estaba blanco, sudando, y con el corazón a punto de salirse por mi boca. Nunca más supe del susodicho payaso... creo se lo llevaron los basureros a la mañana siguiente.



4.- Unas navidades me regalaron peces de agua dulce. El típico pez anaranjado y su colega de ojos salidos (ya me entendéis). No recuerdo si llegué a ponerles nombre, tampoco si llegué a encariñarme de ellos. Lo cierto es que, a los pocos días, me puse a darles de comer mientras yo hacía lo propio con un nutritivo bocadillo de nocilla, y como se acababan cuánto yo les echaba en la pecera, les iba poniendo más y más comida. Al poco tiempo vi como uno de ellos moría por exceso de ingestión. Y al poco, su colega acabaría igual. A mí me entró el pánico y no quise comer durante días por miedo a acabar de igual forma.

5.- A los 5 o 6 años odiaba los canelones. La bechamel era de lo más asqueroso que había probado en mi vida, y les tenía auténtico pánico. Una navidad nos juntamos en casa unas 14 o 15 personas, todos familiares directos, y mi madre cocinó una fuente de canelones de tres pares de cojones. El simple hecho de pensar en que me debería comer uno de ellos me atemorizaba. Así que tramé un plan, el cual consistía en cebarme a vasos de agua para no tener estómago que ofrecerles a los canelones. Así evitaría tener que comerlos... o, por lo menos, evitaría comerlos en ese momento. Me bebí siete u ocho vasos, y, en el momento en que mi madre nos servía los canelones ante la mirada atenta de toda mi familia, vomité encima del plato. Tanta agua no podía ser buena. Mi malvado plan para librarme de los canelones no funcionó, puesto que al vomitar hice llorar a una niña (la cual no recuerdo quien era), y mi madre, además de castigarme, me reservó cuatro maravillosos canelones para que los comiera durante la cena bajo su atenta y temible mirada. Putos canelones.

6.- Una tarde, mientras mi abuelo dormía después de ver una película del oeste (las cuales me encantaba ver junto a él), se me ocurrió capturarlo igual que hacían los indios con los vaqueros. Pero, a falta de encontrar una cuerda con la que atarlo, usé celo. Y ese celo se lo puse por el pelo. Total, en cuánto despertó y me encontró dándole vueltas con el celo ya era demasiado tarde. Sus gritos de dolor al intentar quitárselo sin arrancarse el pelo eran estremecedores. Mi abuela tuvo que ayudarlo cortándole mechones de pelo para poder sacar todo el celo que le puse. Resultado final: mi abuelo llevó unos cuantos trasquilones en su look capilar, y a mí, a día de hoy, aún me suena en el oído el tortazo que me arreó.

7.- De pequeño siempre estaba enfermo. Lo más habitual en mí era tener gastroenteritis, con la cual cosa no me podía mover de casa, y debía tener un orinal cerca por si me entraba el más leve apretón (en casa ya no les daba el sueldo para comprar más sábanas para mi cama... tenía el esfínter ligero). Una tarde, cuando mejoré un poco, mi madre se fue de casa a hacer la compra para esa noche, dejándome solo en casa. Y claro, uno es joven y le entra hambre, así que, haciendo caso a sus consejos de "come sólo jamón salado, pan tostado, membrillo, y agua con limón", abrí la nevera y me bebí un vaso de leche con canela, aderezado con un bocadillo de butifarra negra. Mejor no os cuento como acabó la cosa, os podéis hacer a la idea. El médico pensaba que desaparecería váter abajo.

En fin, que echando la vista atrás me doy cuenta de que siempre he sido un bruto y un cafre, con lo cual puedo entender lo que soy hoy. No quiero enrollarme más, pero debo dar las gracias a quienes durante mi ausencia me han dejado comentarios, se han pasado por el blog, o me han mandado e-mails. ¡Gracias y hasta pronto!

19 de mayo de 2008

Nostalgia (2a parte)

Hará cerca de dos meses que escribí una entrada en la que recordaba aquellos objetos que marcaron mi niñez y la de mucha gente. Esos objetos sin los cuales, para bien o para mal, hoy no seríamos lo que somos, y a los cuales quiero recordar en este humilde blog. Así que tal y como hice tiempo atrás en esta entrada, continuamos con el repaso a mi generación:

El push-pop: Esto consistía en una barra de caramelos de diferentes sabores (a cada cual más asqueroso) metida dentro de un cilindro de plástico, y que se sacaba al exterior metiendo el dedo dentro, y chupando posteriormente el caramelo como si fuera un chupa-chups. ¿Qué ocurría? Pues que las babas que quedaban en el caramelo descendían y se colaban por el cilindro hasta dejarte el dedo totalmente pegajoso. Pero bueno... por 150 pesetas merecía la pena. Y además traía un regalo, que podía ser o un muñecajo de plástico horrible (habitualmente eran ranas) o una pelota saltarina.

El miko-lapiz: No tenía secreto, era un helado con forma de lápiz que llevaba incrustado enmedio una barrita de chocolate imitando la tradicional mina de los lapices. Iba envuelto en un cilindro de cartón, y para poderlo comer había que impulsar de la base hacia arriba, provocando que todo lo que salía del cartón, en caso de estar algo desecho, chorreara por los lados. Los lamparones en la ropa estaban asegurados.

Los drakis: ¿Quién no ha comido alguna vez? Esas patatas con forma de dentadura de Conde-Drácula (aunque al verlas nadie lo diría... parece más la dentadura de un mellao) impregnadas de queso. Salieron poco tiempo antes de la Pandilla Drakis (otra de la época y que ha sobrevivido al paso del tiempo, las patatas con forma de fantasma y murciélago). De los drakis quien más se acuerda es mi madre, ya que el aroma que desprendían al abrir la bolsa se quedaba impregnado en toda la casa. ¿La parte buena? Pues que al ser tan y tan pastosas, con lo que se te quedaba pegado entre los dientes podías comer durante un par de días más.


Los monchitos: Por lo que dicen, hoy en día aún puede encontrarse en las tiendas. Se trata de arroz inflado, sabor a jamón serrano, unos cuantos aditivos, y porquerías varias que jamás llegué a descifrar. Era buenísimo, y su precio aún mejor: 15 pesetas. Los domingos en mi niñez me escapaba hasta la confitería en la que lo vendían y me compraba 8 o 10 paquetes, los vaciaba en un bote, y me los metía entre pecho y espalda mientras miraba películas de dibujos animados. Y así estaba yo con tanto "jamón" de los monchitos: me corría el tocino por las venas. Puro michelín oiga. Llevaban una etiqueta que anunciaba "miles de premios en el interior". Me gustaría saber qué premios eran, y si realmente existían, puesto que no sé de nadie que los encontrara.

Los Toi: Para acabar esta entrada, algo que no es comestible (aunque lo regalaban con un alimento). Se trata de las pegatinas de los Toi, una especie de alienígena verde llamado Toi que aparecía en cada cromo con un cartel describiendo la acción o el gesto que llevaba a cabo en ese momento. Había centenares de ellos, y los regalaban con cada bollycao, la merienda estrella de la época. Seguro recordaréis las carpetas forradas con cromos que llevaba mucha gente al colegio. Y diciendo, además, que regalaban un cromo con cada bollycao, podemos deducir que el colesterol y el sebo estaba presente en los organismos de la mayoría.
Pese a tanta guarrería, no recuerdo ninguna alarma social en los medios de comunicación ni en asociaciones de tontosdelaba proclamando que se avecinaba una generación de obesos, totalmente al contrario de lo que ocurre hoy en día. Será que antes dedicábamos el tiempo a jugar a la pelota, ir en bici, desenterrar sapos, o construir cabañas. No como ahora, que lo más físico que hacen los críos es grabarse con el teléfono móbil mientra se dan de hostias.

Proximamente una tercera parte. ¿Cuándo? Npi.

14 de mayo de 2008

Empezando el camino

Seré directo y soez, no me voy a andar por las ramas: Me cago en la puta. Acabamos de recibir una carta en la que se nos informa que, debido a la subida del IPC, deberemos abonar en materia de alquiler del piso 40,50€ mensuales a los ya 900€ que veníamos pagando desde el año anterior. Casi ná. Cerca de 160.000 pesetas de las de antes por un mes de alquiler; teléfono, gas, agua y electricidad aparte. La suerte es que ese importe es a dividir entre 4 personas, pero queda claro que la vida en Barcelona (y en muchos otros puntos del territorio) se está convirtiendo en artículo de lujo. A este paso pronto habrá que pedir permiso para respirar algo del oxígeno que aún nos queda en la ciudad.

Total, que después de leer la carta y empezar a pensar en que se acabó comprar alimentos que no sean de marcas blancas, me ha venido a la cabeza, en gran medida gracias a un post del blog de Conner Kent, que llevo tiempo ahorrando para una futura, definitiva, y arriesgada emancipación (ya que la de ahora es entre semana y por motivo de estudios). Todos tenemos un sueño que deseamos cumplir a mediano o largo plazo, y éste es el mío. Y es que hace casi 24 años que vivo con mis padres, unos años fantásticos de los cuales no puedo quejarme ni reprochar lo más mínimo, sólamente que son muchos años. Quizás demasiados.

Llevo 2 cursos viviendo en Barcelona debido a que ahora estudio en la UAB. Dos cursos que se traducen en dos años fantásticos viviendo sin el control exhaustivo y, en ocasiones, agobiante de mis padres. Dos años sin un examen diario de tareas, sin los "límpiate la habitación que huele a perro muerto", sin ese famoso "si sales no bebas", o con los "cuidado con la noche que tiene unos vicios revueltos que son muy malos", sin olvidarnos de los procesos interrogatorios de "dónde vas, con quién vas, cuándo vas, cuándo vuelves, llámame cuando llegues, despiértame al volver". Dos años sin ataduras en los que he podido empezar a valerme por mí mismo y descubrir lo que es vivir fuera de casa. Y lo que es más importante: dos años en los que he visto que me gusta, que me veo capaz, y que ya ha llegado el momento de hacerlo definitivo.

Así que meses atrás, ya siendo consciente de ello, me encaminé a una tienda de esas de "hay de tó pero no hay de ná" (una especie de todo a 100 al que voy a menudo y en el que siempre acabo comprando porquerías que acaban desterradas en alguna caja), y me hice con una hucha con forma de híbrido entre un sapo y un botijo. Ahí empezó el camino hacia ese sueño que espero cumplir. Total, que durante una noche de reflexión profunda con la almohada, hice un cálculo aproximado de cuánto me gastaría en aparatos electrónicos, muebles, cacharros de cocina y demás. El resultado? Tirando corto unos 3.500€ (eso se debe a que uno es un poco derrochador y prefiere morir sin un duro a que lo entierren con la cartilla de ahorros). Claro que ahí añadí un tanto más, dando por supuesto que se me pudiera ir la cabeza comprando algún artilugio innecesario para ese primer desembarco. Desembarco en el que me gustaría que me acompañara un gato. Sé que siempre he querido un perro, y me he hecho auténticas jartás a llorar siendo un crío, al llegar la navidad y encontrarme bajo el árbol un puto pack de puzles en vez del bulldog francés que reclamaba, pero no quiero tener uno sin disponer de dinero, espacio, y, sobretodo, tiempo y atención que dedicarle.

Nadie le toca los cojones al gato de Chuck Norris

No hay mucho mas que contar. Es, posiblemente, una historia que algunos habréis vivido ya o que estaréis a punto de vivir, así que no os estoy descubriendo las américas. Ésta es una de esas cosas que, en cuanto se dispone de los medios materiales y del valor necesario para hacerlo, deben plantearse. Y eso es lo que yo he hecho, pese a no contar aún con los medios. No tengo ni idea cuando podré dar el paso definitivo, si será en uno o quince años, pero ya he empezado a recorrer el camino hacia ello.

Eso sí, guardadme las cajas de vuestros televisores, que uno no puede predecir si sus sueños caerán en saco roto, o si el piso acaba siendo un puente y las sábanas de seda unos cómodos cartones.

7 de mayo de 2008

Kilómetro cero

El otro día, durante una charla distendida, una buena amiga me preguntó el por qué de la creación de éste blog. Que a qué se debía que hubiera empezado a escribir en un rinconcito, dentro de ése instrumento público llamado internet, exponiendo mis opiniones, críticas, temores, malestares, alegrías, sinsabores, y todo lo que se os ocurra.

Estuve dándole vueltas al asunto, intentando recordar un por qué, puesto que mis anteriores aventuras en el mundo blogueril habían resultado un fracaso estrepitoso. Bien, el punto de partida es muy simple. Un blog, almenos a mi entender, es una especie de reflejo, cual espejo, de la persona que lo escribe. Y dice mucho más de esa persona de lo que, en un principio, pudiera parecer. En ocasiones, incluso, más que si se expresara cara a cara. En función de los temas de los que habla un blog, de cómo trata sobre ellos y de su manera de escribir, uno puede hacerse una idea de cómo es quien se esconde trás él. Cada vez que entro en mi blog y me releo una y otra vez los posts buscando algún posible error en ellos (ya sea de tono, temática, etc.), me doy cuenta de cómo soy, y de cómo estoy desnudándome ante aquellos que, sea por el motivo que sea, han decidido entrar a leerme. Tener blog te permite expresar por escrito tus gustos, aficiones, rencores, decepciones... aquello que no serías capaz de soltar mediante el habla. Y aquí es dónde empezó este cuento.



El nacimiento de esta aventura surgió de un malestar propio, de mi resignación al aceptar un cambio de actitud de alguien cercano. De ver como algo cambiaba sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo. No se trata, pues, de una decepción, puesto que cada uno es libre de actuar cómo, cuándo, dónde, y con quién quiera, sino que se trataría de una aceptación forzosa. Una aceptación que me llevó a cobijarme en mí mismo y necesitar de un espacio en el que poder escribir aquellos devaneos que me sacudían la cabeza. La interpretación que cada uno le déis a este párrafo es cosa vuestra. Yo escribo, vosotros interpretáis. Y es que hay cosas que a uno, aunque le jodan el alma, no le sale decir ni en papel ni en voz baja. Y todo por el miedo, el puto miedo. Pero no, lo que surgió en uno de esos momentos de cabeza baja, exceso de recuerdos en la mente, y Andrea Bocelli sonando en el Ipod, no tiene por qué acabar de un modo similar.

Abrir un blog no es un grito al infinito en el que el eco te devuelve tu voz, es la entrada en una comunidad, puesto que, lo mismo que tú escribes, también lees los rincones de otros. Y así se genera un círculo vicioso de dependencia, y es en este sentido que hablaba sobre que, una vez inmerso en este océano que es la comunidad de blogs, me será difícil quitarme el mono.

Así como éste tipo de posts suelo escribirlos después de ingerir alguna que otra cerveza, en esta ocasión le he de achacar la culpa al último cd de la preciosa Sarah Brightman, "Symphony". Más concretamente a los temas Sara Qui (con Alejandro Saffina), Canto della terra (con Andrea Bocelli), y Pasión (con Fernando Lima). Preciosos.

10 de abril de 2008

Pepi, Pili, Choti, Boom... y otras chicas del montón

Nada, que ayer volvía de la universidad después de un agotador día entre libros, apuntes, y trabajos por escribir, y en lo único que pensaba era en coger un asiento en el ferrocarril y entrar en un profundo y placentero sueño. Uno de esos sueños que se acaban cuando el que tienes al lado te arrea un codazo entre las costillas porque has llegado a final de parada, o porque roncas más que un gorrino bellotero. Pues bien, lo conseguí...aunque duró poco.

Al poco de dormirme apareció en escena un grupito de chicas, muy monas todas ellas, vestidas con uniforme de escuela. Sus zapatitos negros, su faldita a cuadros, su chaquetita con el emblema de la escuela bordado, su aparato dental... (sí, al final he acabado pensando que forma parte del atuendo, ya que todas lo llevan) En cierto modo el uso de uniformes favorece a que haya mayor integración del grupo, no permitiendo que nadie despunte por su extravagancia, pijismo o ñoñería, y, a la vez, evitando que surjan grupos en función de lo que tiene o no tiene uno. Consiguen poner a todo el mundo en una misma línea, sin que haya nadie que sobresalga por su aspecto exterior. Y oye, por qué no decirlo, también otorga un puntito de clase, aunque sea snob. Pero bueno, a lo que iba. Entró el grupo de chicas y, mi propósito de dormir, pasó de realidad a quimera, de algo presente a deseo inalcanzable.

Cuales lindos ruiseñores al entonar su dulce canto, empezaron a charlar entre ellas: "¡Chotiiiiiii! Llama al Manu, hijaputa", a lo que la otra, con mucha clase, respondió: "no me toques los cojones, vete a la mierda". Oh, sí. La charla prometía, así que decidí aparcar el sueño y enchufar la antena para no perderme ni una pequeña parte de su diálogo, y mereció la pena. "¡Piliiiiii, Peeeeepiiiiiiii!, ¿asin' qué hacemo' luegodespué?, ¿quedamos con la zorra de la Natalia?" (he de apuntar que la distancia que las separaba era de menos de un metro, por lo que los gritos estaban más que justificados; con dos cojones). "No tía, que le jodan, jaja". Llegados a este punto, no recuerdo con exactitud el diálogo que siguió, pero sí puedo afirmar con toda certeza que soltaron más mierda por la boca que la que es capaz de producir una granja de vacas.

A todo esto, cuando parecía que ya no tenían más que decirse, cuando creía que habían agotado el diccionario del insulto y la ordinariez, la tal Choti, una tipa con más lorzas que neuronas, tuvo su momentazo de gloria: "joder, me pica el coño... se me pegan las bragas". Y con la mano a través de la falda, grñec, las despegó. Ahí, delante de todo el mundo, sin avisar, sin darnos la posibilidad de comprar unas palomitas para disfrutar del grotesco evento.

Excesivo.

Pero bueno, volviendo al tema de los uniformes, y planteándomelo después de contaros lo que me sucedió, llego a la conclusión de que son inútiles, puesto que, por mucho traje que nos pongamos para aparentar nivel económico, por mucha pulserita de diseño que llevemos, o por muchas gafapastas que nos hagan sentir intelectuales y sofisticados, acabamos siendo lo mismo: una panda de tarugos y ceporros. Y ante ese uniforme no existe la posibilidad de desvestirse.

5 de abril de 2008

Change it, format it, upgrade it, trash it... Technologic

Estoy de los nervios, al borde de arrancarme los cuatro pelos que me quedan. He de hacer varios trabajos con la ayuda de internet, y telefónica no me está poniendo las cosas fáciles. Cuelgues de los servidores, caídas de línea, errores en la verificación de algunas webs, auto-loggins que no funcionan, cargas exhasperantes... y para tocar los huevos aún más, el puto windows me ha dado un error de gravedad, provocando un cuelgue del sistema. Me he acordado de la puta madre que los parió.

Vivimos en una época con una gran robotización e informatización en nuestras vidas. Si se estropea un ordenador, nos podemos quedar sin comprar un billete de tren, sin calefacción, sin poder sacar dinero, o sin presentar un trabajo académico. Todo se va a tomar por culo. Y lo mismo ocurre con nuestra paciencia, la cual puede irse al traste en un breve período de tiempo.
Hoy sábado parece que la electrónica se esté confabulando contra mí, puesto que, además de fallar el ordenador con su conexión a internet, también se ha jodido la máquina de café (ahora sólamente saca el líquido por las juntas), una lámpara, y, por lo que parece, la conexión telefónica.

Por si no fuera poco, esta mañana, mientras le daba a la tecla redactando un apasionante trabajo sobre la Administración local, ha sonado mi teléfono. Número privado. Un temor me recorre el cuerpo, puesto que sólamente recibo llamadas privadas del Banco. Decido descolgar, y lo único que escucho es silencio. Me quedo extrañado, y vuelvo al trabajo anteriormente citado. A los dos minutos vuelven a llamar; sucede lo mismo. A los treinta segundos se repite la historia. Caen otras dos llamadas, y empiezo a espumar por la boca y a blasfemar en arameo pensando en que puede volver a sonar el teléfono. Y sí, suena. Descuelgo rápidamente, y entre risas histéricas suelto un "¿te diviertes, pedazo de gilipollas?". Pero esta vez responden: "-Vaya, ¡qué contentos estamos hoy! te llamaba para charlar un rato por teléfono, aunque quizás no te apetezca...".

Mierda.


31 de marzo de 2008

Nostalgia (1a parte)

Llevo ya varias horas delante de los apuntes de política económica, leyendo líneas y líneas de artículos que no llego a asimilar, y bordeando peligrosamente el umbral que separa la salud mental del infarto cerebral. Como es lógico, en estos momentos estoy más pendiente de las pelusillas que corren por mi habitación que de los apuntes. Y es en este contexto cuando he fijado la vista en un peluche del Monstruo de las Galletas que tengo custodiando mi cama, y he sentido una nostalgia tremenda. Nostalgia de esos días en que las preocupaciones apenas existían.
Qué tiempos aquellos... ¿os acordáis de todo aquello que nos hizo disfrutar?

El tang: esos polvos mágicos que al mezclarlos con agua creaban un "zumo" que, en caso de beber caliente, provocaba un caguetazo de no te menees. El mejor era el tropical, el cual algunos tomábamos directamente del sobre.



Peta-zetas: Una de las golosinas más demandadas de nuestra época. Depositabas el contenido del sobre en tu boca, y empezabas a notar estallidos. Era un caramelo divertido e inofensivo, el cual más adelante ha tomado un uso bastante más... "alternativo". Para los que queráis saber más, buscad un tema de Cristina Percances, no hay pérdida posible. Ella os abrirá los ojos y la mente... y quizá algo más.




Cherry Coke: Otra que si tomabas caliente te pasabas el día en el baño. Fue un intento fallido de Coca-cola de traernos una de las bebidas más exitosas en el continente americano. La prodigiosa mezcla era coca-cola con cereza, y no llegó a cuajar ni tres meses, tiempo en el que desapareció de las tiendas. La canción que sonaba en su anuncio se convirtió en todo un himno del bakalao de los 90: "Alex García Beer - No hagas el indio, haz el cherokee".




Las mano locas: ¿Quién no ha recibido algún guantazo por ensuciar una pared blanca con una de éstas? Fueron una de las revoluciones del momento, y supusieron uno de los quebraderos de cabeza más importantes para todos los padres de España. La manita en cuestión se "vendía" como el instrumento perfecto para pillar los exámenes de los empollones, pero al final se acabó convirtiendo en un jodeparedes/jodetechos, ya que, en caso de que se enganchara en alguna, la mancha era inevitable. Eso sí, o tenías la casa impecable, o a los 20 minutos la manita había recogido toda la pelusa habida y por haber, y ahí se terminaba el chollo.




Los Fistros: Para aprovechar el "boom" del momento, los de Matutano sacaron estas patatas con la caricatura de Chiquito de la Calzada. Mucho no se rompieron el tarro: hicieron una bolsa nueva y metieron unos cuantos bocabits dentro. Eso sí, dentro venían los míticos chiqui-tazos, con expresiones típicas de su vocabulario (uno aún guarda la colección en un álbum, completamente impecables...).




Colecciones Panini: Todos hemos hecho alguna colección u otra de ésta gente. Las más recordadas, la de Bola de Drac Z y la de los Cazafantasmas. El placer de comprar esos sobres a 30 pesetas y descubrir lo que te había tocado, era algo fantástico. Bueno, lo era hasta que comprovabas que todos los tenías repetidos. Y cuando te daba por pedir los que te faltaban a 50 pesetas el cromo, el cabreo era de órdago. Benditos cromos.




En fin, ésta ha sido la primera parte de mis recuerdos de niñez. No he querido poner ninguna serie y/o programa de televisión, ya que la lista sería immensa. Pronto habrá una segunda parte, pero... ¿y vosotros? ¿qué recordáis?

30 de marzo de 2008

Reflexiones en el bar

Un buen día te levantas y, sin saber por qué, dejas de hacer algo. No existe un motivo, simplemente pasa. Cambias una tarea, abandonas una rutina, o dejas de hablar con una persona. Sucede. Ves el teléfono encima de la mesa sin ninguna llamada, sin ningún mensaje, y no te importa. Y un día, estando con tus amigos charlando distendidamente, descubres que no echas en falta a esa persona. Que de la misma manera en que ella entró en tu vida, salió.



Me doy cuenta de que muchas personas se ponen más trabas de las necesarias y reales para hacer algo. Sea ver más a alguien, compartir algunas horas, decirle a aquella persona lo importante que es para tí, realizar una simple llamada telefónica, lanzar una piedra al mar, o algo tan sencillo y vanal como ver una película o tomar un café.
Hazlo. Para el otro resulta gratificante saber que alguien te extraña, pero es estúpido no hacer nada al respecto. Y lo mismo sucede al revés. El "dar sin recibir" no funciona en el mundo de las relaciones personales. Almenos no en el mío.

No suele importarme quién soy, no me mortifico pensando si conoceré a alguien o si ese alguien me besará u odiará, y mucho menos que si días que ya murieron, renacen. Me suelo conformar, a menudo, con vivir el momento, y aunque muchas veces me resulte difícil desprenderme de algo que ha sido importante, tarde o temprano acabo aceptándolo. Con el tiempo acabo siendo consciente de que con cerrar ese ciclo ya es suficiente, el resto ya pasará sin que me de cuenta. Sin necesidad de volver la vista atrás.

Posts como este son los que se escriben de madrugada, cuando uno le ha dado demasiadas vueltas a las cosas en el calor de un bar, con una cerveza en la mano y unas risas sobre la mesa. Mañana será otro día.



 
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