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8 de junio de 2009

Mis dos niñas

Estoy más contento que un niño con un caramelo, y es que, desde hace diez días, mis semanas han dejado de ser algo menos solitarias dentro de mi piso. Ahora, junto con mis dos canarios (que se llaman Machu y Pichu), viven también dos pequeñas gatitas. Dos preciosas gatitas: Iona y Iris.

Desde su llegada, las mañanas son mucho menos silenciosas, pero los momentos de aburrimiento o hastío, menos numerosos. Aún están en esa época de "descubrir" todo lo que les rodea, así que las carreras por las diferentes habitaciones son contínuas. Sólo espero que crezcan, vivan muchos años, y destrocen cuantas menos cosas mejor. Pero sobretodo, que vivan sanas y felices.

Cada vez que entráis a mi blog y no lo comentáis, Dios mata a un gatito.

Y... ¡ah! Su llegada ha venido acompañana de un nacimiento, y es que los canarios que antes os he presentado pusieron su primer huevo... ¡y ya ha nacido! ¡Ya tenemos un pequeño Lisensiado! (los que veáis Aída sabréis el por qué de ese nombre para el pollito). Agradezco desde aquí a mi pareja, Meia, sin la cual todos estos inquilinos no formarían parte de mi vida. Muak.

¡Más madera!

17 de octubre de 2008

Me cago en... cierto tipo de padres

Sé que no actualizo todo lo que debería. Lo sé. Pero entre las clases, el trabajo, y mi futura mudanza, estoy apenas sin tiempo. Eso sí, de mala leche aún ando sobrado, y de vez en cuando necesito rebajar mis niveles de bilis dándole a la tecla. Y es que en esta ocasión querría dedicarle una bonita y delicada entrada a todos esos padres que dejan a sus hijos corretear a sus anchas por los centros comerciales.

Y es que no soporto ver como algunos críos desordenan, toquetean, manchan, y tiran todo cuanto pueden, bajo el consentimiento o despreocupación de sus progenitores. Verlos como lo cambian todo de sitio, mientras a sus padres les importa tres bledos lo que hagan, siempre y cuando estén entretenidos y no les causen problemas a ellos. Panda de cabrones.

Me pregunto si en sus casas les dejan hacer lo mismo, si les permiten tirarlo todo por los suelos y dejarlo tal cual. En ese caso, no querría indagar más ni enterarme de qué tipo de educación le están dando a los chiquillos. Allá cada cual. Puertas adentro, en sus casas, que hagan lo que les de la gana, siempre y cuando no perjudiquen a nadie, pero fuera creo que es exigible un mínimo de civismo y control. Una educación que, por lo visto, algunos olvidan impartir.



Los niños, los pobres, no tienen la culpa. Los culpables son los padres que les permiten dar rienda suelta a su comportamiento, provocando que los que trabajamos en algún centro de cara al público tengamos que ir recogiendo la mierda que, tanto ellos como sus retoños, van sembrando por donde pasan. Para ellos pido pues la castración.

Y es que los hay que deberían tener prohibido el traer descendencia al mundo. Con ello se contribuiría a hacer de éste un lugar mejor. O, como mínimo, más cívico.

P.S.: Ahora me tocará ponerme al día con vuestros blogs...

1 de octubre de 2008

... no nos va a faltar de nada

A las 5 de la mañana suena el despertador. Mierda. Ayer me acostaba a la 1 de la madrugada haciendo un par de tareas, y antes de ser consciente de que estaba durmiendo, ya me he tenido que volver a poner en pie. Me toca ir a clase a Barcelona durante la mañana, y luego volver por la tarde hacia Girona para realizar mi jornada laboral de 7 horas. Algo bastante estresante, pero, a la par, necesario. Por si no fuera poco, trabajo los fines de semana y algunos festivos, y las facturas se me acumulan en el buzón. De ser ahora otro año u otro mes, lo calificaría todo como una mierda y lo mandaría al carajo. Pero ahora no, ahora es diferente.

Y es que, después de 24 años en los que he hecho y ha habido de todo, creo haber encontrado a la persona con la que quiero iniciar una vida conjunta y compartir risas, ilusiones, sueños, caricias... todo. Compartir los días con esa persona que me dibuja una permanente sonrisa en el rostro, y con quien los momentos que paso junto a ella se hacen inolvidables. Y es que, pese a llevar juntos únicamente dos meses (aunque intensísimos), tengo la sensación de conocerla de toda la vida. Las charlas junto a ella me divierten e interesan. Sus silencios no me incomodan, son cómplices. Sus risas me dan ánimos, y sus preocupaciones, temores, o enfados se hacen míos también. Anhelo estar más tiempo con ella y compartir las muchísimas cosas que tenemos en común, y, sobretodo, aquellas que nos hacen diferentes.

Es por eso que estos no son días de mierda, sino días en los que empezar a preparar lo que, espero, sea una vida conjunta.

Y es que ya sabes que te quiero, y que no me cansaré de susurrártelo al oído. Hoy esta entrada es para .

2 de septiembre de 2008

Generalizaciones, prejuicios, y la madre que los parió

Ahora que trabajo y que, como corresponde, cobro por las horas realizadas, me puedo permitir uno de los lujos que últimamente sólo están destinados a la gente de clase alta: llenar el depósito de gasolina. Así que no me preocupa realizar más o menos kilómetros con el coche, ya que la tarjeta de crédito aún no corre peligro de quedarse anoréxica.

Total, que hoy he ido a la gasolinera habitual y mientras hacía cola para pagar, he escuchado una conversación entre uno de los dependientes y un cliente:

Dependiente: ¿Sabes que el otro día un negro se fue sin pagar la gasolina?
Cliente: No me extraña... esta gente viene aquí para robar o para hacer el vago.
Dependiente: Pues sí. Para eso que se queden en su país.
Cliente: A la cárcel los metía yo a todos.
Dependiente: Es que no es cuestión de ser racista o no, pero es que son mala gente.

Charla de nivel, of course. Y es que una de las cosas que me repatean el hígado son las generalizaciones. Y no hablemos ya de si les da por criminalizar a los susodichos con los que generalizan. Si a un chico de 18 años le da por poner la música a toda pastilla molestando a los vecinos, es que los jóvenes son unos maleducados e incivilizados. Si una persona de étnia gitana vive en una chavola y malvive robando, es que los gitanos son unos inadaptados, unos criminales, y unos vagos. Si una chica está con dos relaciones diferentes en un corto período de tiempo, es que las chicas de hoy en día son todas unas putas. Si un africano agrede a otra persona, es que los negros son abominables, y habría que colgarlos a todos del cuello en un árbol en pleno África para que los leones les royeran los huevos. Si un chaval hace botellón en un parque, es que los jóvenes son unos borrachos. Si a un chico le gustan las películas dramáticas y que éstas le hagan llorar, es que es marica. Si un hombre musulmán vende droga en un portal a los chiquillos que pasan por delante, es que los moros deberían ser echados del país. Si un albanés asalta un chalet, es que todos tienen por hobbie colarse en casas ajenas y desvalijarlas. Si un japonés sufre alucinaciones debido a un exceso de horas frente a los videojuegos, es que éstos son perjudiciales y dañinos. Si a un punk le da por pegarle un sopapo a un tío, éstos son unos violentos, y la música punk, el opio con el que hay que acabar. Si en Estados Unidos hay muchas muertes al año por armas de fuego, la culpa la tiene el cine de acción, por lo que habrá que seguir rodando peliculones del tipo Una rubia muy legal 2 y similares. Y así un largo, larguísimo etcétera.



Ésta mañana me he levantado con un dolor de barriga tremendo, y después de escuchar su charla me han dado ganas de desatarme el cinturón, bajarme los pantalones, y plantarles un bonito y generoso zurullo encima del mostrador a modo de propina, para que vean que no deben caer en las generalizaciones. Que yo, como catalán, de tacaño tengo muy poco.

Gilipollas.

11 de agosto de 2008

Lo primero es lo primero

Estoy hecho polvo. Esta noche pasada no he pegado ojo y hoy he llevado a cabo una dura jornada laboral de 12 horas. No me siento las piernas, y eso que estamos a lunes. Ha habido problemas a doquier, gritos, quejas, carreras, una pequeña inundación, y alguna cosilla más que ahora no recuerdo. Pero de entre toda esa maratoniana y caótica jornada en el tajo, no todo ha sido malo, y es que la comida corría a cuenta de la empresa. Y oye, no tenía ni pizca de hambre, pero si una cosa he aprendido en esta vida es que aquello que te den como "gratis", acéptalo aunque luego sea una mierda. Así que me he guardado en la mochila mis suculentos bocadillos de chopped (a un servidor el sueldo no le llega para nada de más calidad) y me he aventurado a disfrutar de un restaurante de forma gratis. Pero... ¿esto realmente importa para lo que voy a explicar? Pues, la verdad, no demasiado. Únicamente es para fijar un contexto.

Sentados en el restaurante, y mirando fíjamente el folio del menú, adornado con bonitas imágenes prediseñadas de windows, he avistado a una pareja que comía a destajo en una mesa situada al fondo del comedor. Viéndolo a él daba la sensación que se fuera a acabar el mundo. Aún no había acabado de masticar el trozo de ternera, y ya estaba empujándose uno nuevo con un trozo de pan, mientras la salsa le chorreaba mentón abajo. Los cubiertos estaban de más. En eso que su pareja (o lo que fuera la mujer que se sentaba a su lado) se le acercó para besarle en la mejilla, y él, en la línea de lo que esperaba, dejó ir un "mientras como, no me molestes". El hombre siguió a lo suyo, impasible, totalmente absorto de la reacción de decepción de la mujer. Así que de pronto recordé esas tardes con mi abuelo, sentado en el banco de un parque, viendo a las palomas colonizar el parque en el que me divertía de crío.

Y es que me hacía muchísima gracia ver como andaban, con ese movimiento hipnotizante de cabeza. Me gustaba llevarme migas de pan seco en una bolsa para alimentarlas y que se juntaran alrededor mío. Y siempre encontraba a algún Don Palomo, con el cuello hinchado, sacando pecho, con aspecto muy varonil y atrevido, persiguiendo algún fornido culo o las robustas pechugas de una grácil paloma. Pero oye, era tirarle una miga de pan, y el calentón del ave pasaba a un segunto término, y éste se centraba en el papeo.

Parece que, tanto en animales como en las personas, lo importante es llenar la barriga. Para lo otro, por lo visto... siempre quedará el recurso del porno, el cual según las estadísticas es consumido por un 85% de la población. Poco me parece.



6 de agosto de 2008

Exceso de azúcar

Hoy no había luna llena, y tampoco se ha anunciado una alineación de planetas que afectara a Cáncer, mi signo zodiacal. Tampoco recuerdo haberme dado de cabezas contra el pavimento, o tomarme alguna sustancia que me dejara en estado catatónico (sin contar el ron, claro está). Si enciendo el televisor, no me encuentro con ningún Galimatías proclamando que corren tiempos raros y que actuaremos de manera poco común. En definitiva, que no hay ningún indicio claro que me explique el por qué de mi comportamiento actual.

Como casi cada día, me he puesto el despertador a las 5:10 de la mañana para poder acudir al trabajo, pero con la pequeña diferencia de que hoy le he arreado un guantazo, lo he metido en el cajón, y he seguido durmiendo, provocando que, al volverme a despertar, me diera cuenta de que tenía únicamente tres minutejos para asearme y salir cagando leches. Pero no me he puesto nervioso, he sonreído al constatar que soy un desastre para madrugar, y he salido en dirección al curro, sin mucha prisa, pero tampoco sin tiempo que perder. De camino con el coche me he encontrado al típico "pisamierda" que decimos en Girona, un conductor que, además de ocupar tanto el carril derecho como el izquierdo, no supera los 40km/h de velocidad. En vez de soltarle un educado y cordial "hijoputa acelera, ¡que llego tarde!", le he hecho luces y lo he adelantado sin ningún tipo de complicación.



Una vez en el curro, me ha "explosionado" una pistola con pegamento, impregnándome entero de tal sustancia, y no he tenido más remedio que afeitarme los brazos en un paso más hacia la metrosexualidad, evitando así tener que arrancarla a pellizcos. A los pocos minutos, el encargado se ha puesto a chillarme (aún espero que me diga el por qué) y yo, en lugar de pedir perdón automáticamente o mandarlo a tomar por culo, le he sonreído. provocando que gritara aún más (y como digo, sin tener ni idea del motivo).

Una vez en casa, y presa del agotamiento, he intentado pegar una cabezadita, pero a los pocos minutos ha sonado el teléfono y, sin mirar siquiera quien llamaba, he decidido apartar el sueño y contestar. Me ofrecían una tarifa telefónica supermegachachi, la cual me importaba tres cojones, pero que he dejado que la chica me intentara vender con su labia. Una labia, por cierto, bastante penosa... otro día que me mande el folleto y acabamos antes, porque leyendo literal de un papel no va a lograr convencerme. Después, como si todo el mundo se hubiera puesto de acuerdo, llamaron a la puerta, encontrándome a los de Testigos de Jehová enfrente, con amenazante sonrisa. Estuve charlando con la chica sobre una revista que me dejaron para informarme, pero sin llegar a ningún punto en común. Nada que hacer. Pero ella me agradeció el tiempo y la atención y “amenazó” con volver a pasarse con un nuevo número.

Ya despejado del todo, he decidido encender el televisor y ver cualquier cosa mínimamente decente (algo muy complicado en fechas veraniegas), y me he quedado enganchado a una de esas películas ñoñas y pastelosas, en las que todo es maravilloso, los sentimientos muy profundos, y en dónde lo peor que sucede es que se le acaben los tampones a la protagonista. Vamos, uno de esos films empalagosos como un sorbete de mazapán.

En otras circunstancias, hoy hubiera sido uno de esos días en que hubiera mentado a la madre de mucha gente, y que me hubiera dejado un cabreo encima hasta el momento en que me fuera a acostar. Sin embargo, no ha sido así.

Debe ser que Cupido ha hecho puntería. Y que a mí me ha clavado una de sus flechas.

4 de julio de 2008

Aspirador: 4500 puntos

Me encanta el verano. Me encanta disfrutar del sol descargando sacos de un camión. Me encanta ver amanecer empapado en sudor. Adoro que suene el despertador y aún no hayan apagado la iluminación de las farolas. Me chifla comprarme un helado en una máquina y que me salga completamente deshecho. Pero sobretodo, en verano me encanta perder una tarde entera en un centro comercial.

Y es que ayer, a la salida del trabajo, fuí por casa, me pegué una ducha de agua fría, y me largué a quemar la banda electrónica de la tarjeta de crédito. Pero por lo que parece, todo el mundo pensó lo mismo. Tiendas a reventar, el género todo cambiado de sitio o apilado en cualquier lado, críos chillando y correteando por los pasillos, niñas de 14 años con ínfulas de protagonistas de Sexo en Nueva York, etc. Un auténtico agobio... pero me gusta.

Cuando trabajaba cara al público, en cuanto se nos echaba encima el verano mi pensamiento siempre era el mismo: "ahora esto se llenará de hijoputas que vienen a disfrutar del aire acondicionado y a dejar que los críos destrocen la tienda en vez de sus casas". Y ayer, pese a no tener el mismo trabajo, opiné del mismo modo. Ver a algunos padre dentro de una tienda, con las gafas de sol puestas y la mente en otra dimensión, y sus hijos manchándolo todo con un helado deshecho, hace que me plantee seriamente el voto a favor de la castración de ciertos individuos. Otro clásico es el individuo que todo lo toca y todo lo deja mal colocado. Seguro que su casa está perfecta, pero el ir por ahí desordenándolo todo le debe aumentar la líbido. También está la que la hueles a 3 kilómetros de distancia porque se ha ido echando un chorro de todas las colonias de muestra. Luego dicen de las mofetas. Y ya no hablemos de cuando ves a un hombre huír despavorido de su mujer, la cual le persigue con medio Zara para llevárselo captivo al guardarropa.

Cómo trabajador esas cosas me sacaban de mis casillas, pero como consumidor, se han acabado convirtiendo en algo necesario. Por una parte es odioso, pero por otra consigue que se dibuje en mi rostro una sonrisa maquiavélica y, a la vez, melancólica y feliz, recordando los tiempos en que todo eso me inflaba enormemente la entrepierna (metafóricamente hablando, está claro). Así que, rodeado de gritos, correteos y empujones, realicé algunas compras ociosas para empezar con alegría el verano.



Que sí, que no hay que caer en el consumismo atroz, que estamos en una sociedad capitalista, y todo ese rollo... bla bla y bla. Pero siempre he opinado que cada cual que haga con su dinero lo que crea oportuno, siempre y cuando no haga con ello daño a nadie. No trabajo de 10 a 12 horas diarias por gusto, por amor al espíritu trabajador o por realización personal. Y jornadas como la que me pegué ayer, y que me pegaré mañana comprando libros, son las hacen que siga doblando el lomo, día tras día, bajo el caluroso y asfixiante sol de verano. El dinero no da la felicidad, pero, tal y como escribió Woody Allen en una de sus películas, "procura una sensación tan parecida, que necesita un especialista muy avanzado para verificar la diferencia".

Con lo que gasté ayer, cada vez me faltan menos puntos Estrella para conseguir el preciado aspirador. Pelusas y restos de suciedad que corréis por el suelo: Temed. Vuestro final está cerca, muy cerca. Pero mientras no llega ese día, me seguiré desgañitando con el SingStar.

11 de junio de 2008

Peces de ciudad

El despertador lleva sonando intermitentemente desde las 6:30 de la mañana, y el cansancio hace acto de presencia, llevándote a ignorarlo hasta una hora más tarde. Son las 7:30, ya no hay más prórrogas a las que acogerse; toca levantarse y afrontar un nuevo día. Otro día más. Otro largo, tedioso e interminable puto día más. En quince minutos de reloj me visto, me aseo, e intento dejar mi habitación lo más correcta posible. El tiempo avanza inexorable, y no hay segundos que malgastar si es que no quiero llegar tarde a mi destino. Así que cruzo un escueto "buenos días-hasta luego" con mis compañeras de piso (si es que a esas horas hay alguna que esté despierta) antes de salir por la puerta. No soy hombre de muchas palabras por las mañanas. No lo soy, almenos, hasta que un par de tazas de café entran en mi organismo.

Tampoco tengo tiempo de discernir si los 20 minutos de paseo que tengo hasta la estación de ferrocarril son reales o si aún estoy soñando. Prefiero no saberlo, tengo el piso demasiado cerca y podría regresar para seguir mi charla con la amohada. Gracias a ese magnífico invento llamado Ipod el camino se hace corto, y casi sin darme cuenta ya he recorrido el trayecto que me deja enfrente de la estación, billete en mano, y a punto de subir al transporte público. Es en ese momento cuando despierto y tomo conciencia de que, lamentablemente, dejé atrás la comodidad de mi cama. A lo lejos veo llegar el ferrocarril, así que cojo aire, escondo barriga, y me preparo a entrar a base de empujones, soportar el estacazo de unos cuantos codazos en mis costillas, y a no respirar durante unas cuantas paradas hasta que el vagón esté algo más vacío. Encontrar asiento es algo que ni se me pasa por la cabeza, jamás he creído en los milagros.

Una vez dentro y con el ferrocarril en funcionamiento, empieza la representación. La viejecita que se ha levantado dos horas antes para acicalarse de caras a su larga jornada de compras en el mercado, y sufre un carpetazo que le destroza la permanente después de que un hombre perdiera el equilibrio tras un bache. El chico que, sin apenas lugar en dónde poner los pies sin pisar a alguien, decide leer el periódico y, al primer frenazo, se lo estampa en toda la cara a una mujer con muy malas pulgas. El banquero recién duchado, trajeado y perfumado que se dirige a su lugar de trabajo y que, en solo cinco minutos, consigue que se desvanezca ese buen olor para adueñarse de un tufo con sobrecarga a sobaco y cosmopolitanismo de fragancias. El hombre que se agarra con la mano al techo del vagón para no perder el equilibrio, y que, durante su trayecto, da a probar su aroma de axilas a unas asustadas estudiantes. La mujer que no te quita los ojos de encima porque le acabas de rozar el culo con la mano, y, lo que es peor, que no consigues despegársela debido a que no hay espacio para hacerlo. El alitoso que no conoce lo que es un cepillo de dientes, que va con los auriculares puestos a todo volumen, y que te deleita, mañana tras mañana, con unas interpretaciones dignas de una actuación de karaoke a las 6 de la mañana salido de una monumental cogorza. Con todo esto no es de estrañar que medio viaje se haga con los cristales empañados.



Pese a lo que pueda parecer, no me quejo. Me encanta el transporte público, te permite conocer un poco más el gran abanico de culturas y de clases que hay presentes en tu ciudad. Desde los que tienen un nivel de renta medio-alto, a los de menos recursos, que usan el transporte para tocar algo de música y ganarse cuatro perras con las que costearse sus gastos. Desde los que usan los minutos de trayecto para sumergirse en las páginas de un libro, pasando por la mujer que se pinta los labios con mucha precaución por si hay un bache y se mete la barra de labios en el ojo, acabando en la cerda que se afeita en seco las piernas, dejando todos los pelos en el suelo (verídico).

Y es que, pese a ello, con el paso del tiempo uno se acaba sintiendo cómodo, como aquel que hace de lo ajeno algo propio. Con la única diferencia de que no sabes con qué sorpresa te vas a encontrar. Si con un trozo de bocadillo de aspecto poco apetecible entre dos asientos; si con una pintada en una de las paredes con la inquietante inscripción de "busco sexo o llamada para pajas"; si con una avería que te dejará tirado en el interior de un vagón durante una hora sin que te den explicación alguna; si con el breve discurso de un chico pidiéndote apoyo para un determinado tema, el cual ni entiendes ni quieres entender; si con la mirada perdida de una chica que lo único que está buscando es algo de conversación liviana; o si con el músico que se ganará alguna moneda interpretando el "Sólo le pido a Dios" de Mercedes Sosa.

Hace varios años me saqué el carné de conducir, y, pese a que es comodísimo disponer de coche propio y de la autonomía e independencia que éste te garantiza, seguiré abonado al transporte público durante algo más de tiempo. Seguiré indagando algo más sobre la gente de esta ciudad, entrando en sus vidas cuando el tren abra puertas, y saliendo de ellas cada vez que lleguen a su destino.
 
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