El despertador lleva sonando intermitentemente desde las 6:30 de la mañana, y el cansancio hace acto de presencia, llevándote a ignorarlo hasta una hora más tarde. Son las 7:30, ya no hay más prórrogas a las que acogerse; toca levantarse y afrontar un nuevo día. Otro día más. Otro largo, tedioso e interminable puto día más. En quince minutos de reloj me visto, me aseo, e intento dejar mi habitación lo más correcta posible. El tiempo avanza inexorable, y no hay segundos que malgastar si es que no quiero llegar tarde a mi destino. Así que cruzo un escueto "buenos días-hasta luego" con mis compañeras de piso (si es que a esas horas hay alguna que esté despierta) antes de salir por la puerta. No soy hombre de muchas palabras por las mañanas. No lo soy, almenos, hasta que un par de tazas de café entran en mi organismo.
Tampoco tengo tiempo de discernir si los 20 minutos de paseo que tengo hasta la estación de ferrocarril son reales o si aún estoy soñando. Prefiero no saberlo, tengo el piso demasiado cerca y podría regresar para seguir mi charla con la amohada. Gracias a ese magnífico invento llamado Ipod el camino se hace corto, y casi sin darme cuenta ya he recorrido el trayecto que me deja enfrente de la estación, billete en mano, y a punto de subir al transporte público. Es en ese momento cuando despierto y tomo conciencia de que, lamentablemente, dejé atrás la comodidad de mi cama. A lo lejos veo llegar el ferrocarril, así que cojo aire, escondo barriga, y me preparo a entrar a base de empujones, soportar el estacazo de unos cuantos codazos en mis costillas, y a no respirar durante unas cuantas paradas hasta que el vagón esté algo más vacío. Encontrar asiento es algo que ni se me pasa por la cabeza, jamás he creído en los milagros.
Una vez dentro y con el ferrocarril en funcionamiento, empieza la representación. La viejecita que se ha levantado dos horas antes para acicalarse de caras a su larga jornada de compras en el mercado, y sufre un carpetazo que le destroza la permanente después de que un hombre perdiera el equilibrio tras un bache. El chico que, sin apenas lugar en dónde poner los pies sin pisar a alguien, decide leer el periódico y, al primer frenazo, se lo estampa en toda la cara a una mujer con muy malas pulgas. El banquero recién duchado, trajeado y perfumado que se dirige a su lugar de trabajo y que, en solo cinco minutos, consigue que se desvanezca ese buen olor para adueñarse de un tufo con sobrecarga a sobaco y cosmopolitanismo de fragancias. El hombre que se agarra con la mano al techo del vagón para no perder el equilibrio, y que, durante su trayecto, da a probar su aroma de axilas a unas asustadas estudiantes. La mujer que no te quita los ojos de encima porque le acabas de rozar el culo con la mano, y, lo que es peor, que no consigues despegársela debido a que no hay espacio para hacerlo. El alitoso que no conoce lo que es un cepillo de dientes, que va con los auriculares puestos a todo volumen, y que te deleita, mañana tras mañana, con unas interpretaciones dignas de una actuación de karaoke a las 6 de la mañana salido de una monumental cogorza. Con todo esto no es de estrañar que medio viaje se haga con los cristales empañados.

Pese a lo que pueda parecer, no me quejo. Me encanta el transporte público, te permite conocer un poco más el gran abanico de culturas y de clases que hay presentes en tu ciudad. Desde los que tienen un nivel de renta medio-alto, a los de menos recursos, que usan el transporte para tocar algo de música y ganarse cuatro perras con las que costearse sus gastos. Desde los que usan los minutos de trayecto para sumergirse en las páginas de un libro, pasando por la mujer que se pinta los labios con mucha precaución por si hay un bache y se mete la barra de labios en el ojo, acabando en la cerda que se afeita en seco las piernas, dejando todos los pelos en el suelo (verídico).
Y es que, pese a ello, con el paso del tiempo uno se acaba sintiendo cómodo, como aquel que hace de lo ajeno algo propio. Con la única diferencia de que no sabes con qué sorpresa te vas a encontrar. Si con un trozo de bocadillo de aspecto poco apetecible entre dos asientos; si con una pintada en una de las paredes con la inquietante inscripción de "busco sexo o llamada para pajas"; si con una avería que te dejará tirado en el interior de un vagón durante una hora sin que te den explicación alguna; si con el breve discurso de un chico pidiéndote apoyo para un determinado tema, el cual ni entiendes ni quieres entender; si con la mirada perdida de una chica que lo único que está buscando es algo de conversación liviana; o si con el músico que se ganará alguna moneda interpretando el "Sólo le pido a Dios" de Mercedes Sosa.
Hace varios años me saqué el carné de conducir, y, pese a que es comodísimo disponer de coche propio y de la autonomía e independencia que éste te garantiza, seguiré abonado al transporte público durante algo más de tiempo. Seguiré indagando algo más sobre la gente de esta ciudad, entrando en sus vidas cuando el tren abra puertas, y saliendo de ellas cada vez que lleguen a su destino.