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1 de julio de 2009

Rapidito, ¡que aún está fresco!

Nada, aquí seguimos con la resaca de la muerte de Michael Jackson. Que si el médico tal, que si las operaciones fueron porque no se aceptaba, que si ya cantó acerca del Demerol en lo que ha acabado siendo un presagio de lo que ha sucedido, que si somos un puto país de cotillas y de sensacionalistas, y bla, bla, bla. Pero no, no voy a hablar de esto.

Resulta que la obra de un artista, cuando muere, se revaloriza muchísimo más de lo que pudo alcanzar en vida. A las pruebas me remito, y es que... ¿cuantos se interesaban por la música de Antonio Vega, y cuantos se lanzaron a por su nuevo recopilatorio, lanzado dos días después de su muerte? Pues lo mismo está ocurriendo con el Rey del Pop. Resulta que en un solo día, Michael ha vendido más discos que en los últimos 10 años. O almenos eso ha declarado el gerente de una de las mayores cadenas de tiendas de discos de los Estados Unidos. Tanto es así, que se ha tenido que colgar el cartel de "agotado" en todos los establecimientos que ofertaban música de Michael Jackson, pese a duplicarse, triplicarse, o inclusico cuadriplicarse el precio de sus discos, vinilos, y ediciones limitadas. Por lo que parece es necesario que mueras para que la gente se acuerde de tí o tenga curiosidad en descubrir tu persona. En fin.

Y es en estos momentos cuando uno aprecia de verdad algo que compró tiempo atrás y que tenía algo olvidado en la estantería. Empezando por un par de cd's, y acabando en esta caja recopilatorio que aglutina 20 de sus mejores temas en formato single, reproduciendo los vinilos originales, e incluyendo, además de una nueva versión del tema, el videoclip del mismo en la otra cara del CD. Una maravilla de edición por la que uno siente migraña al pensar lo que pagó, y por la que le entran náuseas y vómitos al ver el precio actual (desmesurado) que piden por ella.



Una auténtica preciosidad de caja que permite recordar la genialidad, tanto visual como auditiva, del que ha sido y será uno de los mayores ídolos y genios musicales de la historia. Y ya de paso, me permito el lujo, aprovechando mi vigésimo quinto cumpleaños, de cagarme en todas aquellas personas que acuden a mi lugar de trabajo soltando un "ah, ¿no queda nada de Michael Jackson? ¿como puede ser? pues mira que llevaba unos días con ganas de comprar algo de él, antes de que muriera". ¿Ah sí? Los cojones.

¿Y el por qué de la entrada? Pues porque uno es un friki y necesita desahogarse contándooslo. Y además de eso, para informaros de que ya se está preparando a toda prisa un nuevo pack recopilatorio para aprovechar el filón de las ventas post-fallecimiento, no sea que el cadáver se enfríe.

17 de octubre de 2008

Me cago en... cierto tipo de padres

Sé que no actualizo todo lo que debería. Lo sé. Pero entre las clases, el trabajo, y mi futura mudanza, estoy apenas sin tiempo. Eso sí, de mala leche aún ando sobrado, y de vez en cuando necesito rebajar mis niveles de bilis dándole a la tecla. Y es que en esta ocasión querría dedicarle una bonita y delicada entrada a todos esos padres que dejan a sus hijos corretear a sus anchas por los centros comerciales.

Y es que no soporto ver como algunos críos desordenan, toquetean, manchan, y tiran todo cuanto pueden, bajo el consentimiento o despreocupación de sus progenitores. Verlos como lo cambian todo de sitio, mientras a sus padres les importa tres bledos lo que hagan, siempre y cuando estén entretenidos y no les causen problemas a ellos. Panda de cabrones.

Me pregunto si en sus casas les dejan hacer lo mismo, si les permiten tirarlo todo por los suelos y dejarlo tal cual. En ese caso, no querría indagar más ni enterarme de qué tipo de educación le están dando a los chiquillos. Allá cada cual. Puertas adentro, en sus casas, que hagan lo que les de la gana, siempre y cuando no perjudiquen a nadie, pero fuera creo que es exigible un mínimo de civismo y control. Una educación que, por lo visto, algunos olvidan impartir.



Los niños, los pobres, no tienen la culpa. Los culpables son los padres que les permiten dar rienda suelta a su comportamiento, provocando que los que trabajamos en algún centro de cara al público tengamos que ir recogiendo la mierda que, tanto ellos como sus retoños, van sembrando por donde pasan. Para ellos pido pues la castración.

Y es que los hay que deberían tener prohibido el traer descendencia al mundo. Con ello se contribuiría a hacer de éste un lugar mejor. O, como mínimo, más cívico.

P.S.: Ahora me tocará ponerme al día con vuestros blogs...

17 de septiembre de 2008

Me cago en... la fiesta del toro alanceado de Tordesillas

Asco. Repulsa. Vergüenza. Rabia. Dolor. Estas son algunas de las muchas sensaciones que me provoca el ver, año tras año, como se lleva a cabo una de las tradiciones más antiguas de España: el toro alanceado de Tordesillas (Valladolid).

¿Y en qué consiste este festejo? Pues en dejar ir a un toro por las calles del pueblo, empezando en la Playa Mayor, y en dirección a un puente. Una vez allí, el toro es dejado a su suerte, mientras lo persigue un tumulto monumental de centenares de personas a pie o a caballo, provistos con largas lanzas, que deberán darle muerte antes de que éste pueda llegar a una zona delimitada como resguardo, la que sería su salvación. Es decir, la fiesta consiste en asesinar a un animal asustado con lanzas de tres y cuatro metros de longitud y ojas afiladas de más de treinta centímetros, torturándolo, aplaudiendo y jadeando su lenta y dolorosa agonía. Con el pobre animal exhausto, chorreando sangre, con la carne destrozada por las lanzadas, y mugiendo de dolor y espanto, hasta que se derrumbe a consecuencia de las heridas. El mozo que consiga darle el lanzazo mortal tiene el derecho de arrancar los testículos al toro y mostrarlos orgulloso en el extremo de su pica. El Ayuntamiento, además de permitirlo, otorga al ganador una insignia de oro y le obsequia con una lanza de hierro forjado.

Esta indecencia, este horror, lleva cometiéndose desde hace tres siglos, aunque la junta de Castilla y León lo prohibió durante unos años. Pero lo más inexplicable de todo es que, pese a que hasta 1999 este festejo era ilegal, la junta de Castilla lo legitimó y volvió a poner en práctica.


Valientes hijos de puta, que además se resguardan en la palabra "tradición" para llevar a cabo abiertamiente su sadismo e indecencia, vejando a un pobre animal indefenso que no entiende por qué le están haciendo eso. Pero no sé de qué me extraña, aquí somos expertos en lo del maltrato animal. Tenemos un auténtico menú completo en lo que a ello se refiere: corridas de toros, lanzamientos de cabras desde un campanar, degollar gallos a golpe de espada, el ahorcamiento de galgos y perros de caza cuando éstos se hacen viejos, etc. Pero es que "el Toro de la Vega" es una de las máximas barbaries de la actual decadencia humana.

Así que, después de explicaros en qué consiste este festejo, y como este es mi blog y escribo en él lo que me sale de los cojones, diré que les deseo a todos esos "heroicos lanceros de la Vega" que sufran una tortura parecida, y que, cuando estén delirando de la agonía, algún verdugo les corte en vida esos dos cojones de los que tanto se jactan durante su "fiesta". Igual que hacen con el pobre animal.

Y sí, esta gentuza, esta chusma cobarde, se merece inaugurar una nueva etiqueta de entrada para este blog. Panda de miserables.

7 de septiembre de 2008

Me cago en... los que hacen ruido al masticar

No sé si se debe a mi acidez de estómago o a la enorme "soltura" que me provoca la ingesta de mezcla de alimentos con fibra y tazas de café, pero la noche pasada charlando con Mireia sobre nuestros blogs y devaneos mentales llegamos a la conclusión de que sería una buena idea escribir sobre aquello que nos irrita de sobremanera. Mentar aquellos (y aquello) que consiguen sacarnos de nuestras casillas y entrar en ese estado de trance en el que los insultos y espumarajos por la boca se vuelven algo normal. ¿El por qué? Simplemente como modo de desahogo, ya que despachándonos a gusto a través del blog nos permitirá serenarnos y conservar los dientes intactos en caso de que nos crucemos por la calle con algo o alguien que hayamos citado. Así que desde hoy mismo inicio esta sección a la que, en un alarde de creatividad y buen gusto, titularé "me cago en...".

Para empezar la andadura hablaré de ese tipo de gente que al comer se asemeja más al cerdo que al ser humano. De aquellas personas que hacen ruido al masticar, o que lo hacen con la boca abierta. Yo no sé si en sus casas es tradición hacerlo, pero a mi me repugna muchísimo ver a alguien que, al triturar la comida, abre la boca palmo y medio. Joder, si puedes ver todo el proceso de masticación y deglución. Eso por no mencionar cuando comen guisantes, garbanzos, patatas fritas, u otros alimentos pequeños o desmenuzables, y éstos se les caen de la boca durante el chapeo. Hay como para ponerles un saco en la boca y agarrárselo a las orejas, para que puedan comer a gusto sin revolver el estómago a los presentes.

Lo mismo me sucede con los que comen sopa y se la toman a sorbos. Vamos a ver, si está quemando, sóplale, pero no sorbas. Entran ganas de desear que la sopa se les vaya al pulmón y se ahoguen y ponga morados durante un ratillo. Y siguiendo con los líquidos, he de mentar a aquellos que al tragar hacen el mismo ruido que un desagüe después de absorver una paella para doce. ¿Acaso no se puede tragar de un modo más silencioso? Sólo les falta agarrar la escobilla del inhodoro y metérsela por la boca para empujar los nutrientes esófago abajo. Siempre con mucha clase, of course.



Y no puedo olvidarme del mundo de los dulces. En primer lugar, esos seres que cuando los vemos por la calle comerse un helado a lametazos nos evocan imágenes de vacas degustando verde pasto. Únicamente les falta mugir y espantar a las moscas con el rabo, porque el ruido ya lo tienen dominado. Lo mismo es extensible a los que abordan un chupa-chups, devorándolo a contrarreloj, y sorbiendo babas de un modo comparable al del tubito que nos enchufa el dentista en plena boca durante sus intervenciones. Y como punto final, los (y las) que mastican chicle. A éstos únicamente les deseo dos cosas: o que se les joda la mandíbula, o que al masticar se les meta en la boca un escarabajo con un par de cojones, que haga que no la abran más en lo que les queda de vida.

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