Estoy más contento que un niño con un caramelo, y es que, desde hace diez días, mis semanas han dejado de ser algo menos solitarias dentro de mi piso. Ahora, junto con mis dos canarios (que se llaman Machu y Pichu), viven también dos pequeñas gatitas. Dos preciosas gatitas: Iona y Iris.
Desde su llegada, las mañanas son mucho menos silenciosas, pero los momentos de aburrimiento o hastío, menos numerosos. Aún están en esa época de "descubrir" todo lo que les rodea, así que las carreras por las diferentes habitaciones son contínuas. Sólo espero que crezcan, vivan muchos años, y destrocen cuantas menos cosas mejor. Pero sobretodo, que vivan sanas y felices.
Desde su llegada, las mañanas son mucho menos silenciosas, pero los momentos de aburrimiento o hastío, menos numerosos. Aún están en esa época de "descubrir" todo lo que les rodea, así que las carreras por las diferentes habitaciones son contínuas. Sólo espero que crezcan, vivan muchos años, y destrocen cuantas menos cosas mejor. Pero sobretodo, que vivan sanas y felices.
Y... ¡ah! Su llegada ha venido acompañana de un nacimiento, y es que los canarios que antes os he presentado pusieron su primer huevo... ¡y ya ha nacido! ¡Ya tenemos un pequeño Lisensiado! (los que veáis Aída sabréis el por qué de ese nombre para el pollito). Agradezco desde aquí a mi pareja, Meia, sin la cual todos estos inquilinos no formarían parte de mi vida. Muak.
¡Más madera!




